lunes, 5 de diciembre de 2011

Adulaciones

Me llegó este mail el otro día del que edito el nombre de la empresa, justamente para no hacerles publicidad:

¡Hola amigo!

Simplemente quiero darte las gracias por tu estupendo blog divagacionesyfobias.blogspot.com.

Tras leer primeramente la entrada "Las dos Buenos Aires" yo pasé un buen rato leyéndolo :) Es muy interesante y fácil de entender.. Me gustó mucho la entrada "De la metafísica y la ley".

Te escribo porque actualmente estoy trabajando en la empresa "blablabla" - metabuscador mundial de empleo y mi trabajo consiste en persuadir a los bloggers agregar nuestros enlaces.

Me encanta mi trabajo, tenemos un equipo genial, pero por desgracia no tengo ni idea de convencer a los bloggers para que colocan nuestro enlace, por eso me temo que yo pueda perder mi puesto :( Aún así, en lugar de enviar miles de emails a varios bloggers, estoy leyendo tu blog...

Sinceramente, no estoy seguro que nuestro enlace (lo saco, como les dije, para no hacerles publicidad) sería conveniente en tu blog, pero si crees que sea posible, te estaria MUY agradecido!!! La verdad que el site en realidad es muy efectivo, ayuda mucho en la búsqueda de trabajo.

Sin más por el momento te deseo un excelente día! Una vez más te agradezco por el blog porque es genial, seguimos en contacto!

P.D. ¿Eres "Escorpion"? Siempre estoy encantado de contactar con alguien de este signo del zodiaco :)


Saludos cordiales,

Alessio Rosaledo




A este mail respondí:



Alessio:

¡Qué bueno que te haya gustado! Puntualmente, ¿qué fue lo que te gustó?

Saludos.

Y él respondió:

Hola Martin,

No podria separar algo concreto, me haya gustada toda la concepción de "Las dos Buenos Aires" J

Saludos cordiales,


Alessio Rosaledo

Y yo respondí:

Supongo que te gustó el título que fue lo único que leíste. ¡Qué ladri!

Igual es simpático el método.

Saludos,

Martín.

Creo que no estoy tan desesperado como para necesitar este tipo de adulaciones. Pero no está de más guardar el mail de este Alessio, porque uno nunca sabe.

domingo, 2 de octubre de 2011

Las dos Buenos Aires

La Lonely Planet es una guía para extranjeros que les indica cómo deben divertirse durante sus vacaciones, y desde que mi amigo James se fue de Argentina, descansa en un estante de mi biblioteca. Digo descansa porque como porteño que soy, desconozco Buenos Aires en forma metódica y jamás me vi en la necesidad de abrir el libro para modificar esta situación. Sin embargo, hace poco más de una semana, el aburrimiento me llevó a perderme un poco en esas hojas. Tengo la edición del año 2002 y un error de imprenta había hecho que las páginas 52 y 53 estuvieran pegadas en un extremo, como hermanas siamesas. Con un cuchillo di fin a esta unión y comprobé que en medio de estas dos hojas sucesivas, había dos páginas sin numeración, en donde estaba escrito el artículo que paso a traducir con mis pobres conocimientos de inglés y la ayuda de diccionarios en línea:

Las dos Buenos Aires

Buenos Aires cuenta con una división situacional en la misma geografía. Recorriendo las mismas calles puede verse la Ciudad de los Hombres Felices y la Ciudad de los Hombres Tristes, según sea la suerte o el destino del observador. En estas tierras del sur, la distribución de la alegría y la desdicha se realiza con rigurosa meticulosidad y resulta imposible mezclar estos naipes. Los Hombres Felices son aquellos que reciben constantemente todo tipo de bendiciones tales como la obtención de los mejores trabajos, el hallazgo de dinero en el suelo, la atención de las mujeres más bonitas de las fiestas, ganar competencias, saludes de hierro, la concreción de todos sus caprichos, sentarse en el único asiento vacío de un colectivo y conseguir teléfonos públicos que funcionen y no se coman las monedas. Estos Hombres Felices se pasean blandiendo sus enormes sonrisas, repletas de dientes ostentosos, delante de la envidiosa mirada de sus vecinos.

Los Hombres Tristes, en cambio, son aquellos que esperan destinos que jamás se cumplen, estudian para alcanzar el camino de la inteligencia, trabajan para escalar posiciones, se esfuerzan para engendrar arte, pero caen en las profundidades del fracaso una y otra vez. Se enamoran y no son correspondidos (e incluso son despreciados) y se entusiasman con acontecimientos insignificantes para que la realidad los golpee con mayor dureza y les recuerde su condición de Hombres Tristes. Se pasean por las calles con un suspiro absurdo y constante y puede reconocérselos por sus espaldas encorvadas.

La Ciudad de los Felices y la Ciudad de los Tristes ocupan el mismo espacio físico, pero diferente espacio metafísico. Si la metafísica contara con dimensiones, la Ciudad de los Felices se elevaría unos metros por encima de la de los Tristes y operaría como filtro. La alegría jamás alcanza los niveles más bajos y queda atrapada en los terrenos superiores. La angustia, en cambio, opera en sentido inverso.

Los habitantes de estos dos mundos suponen que podrían perder su lugar y condición en cualquier momento, pero lo cierto es que las sonrisas jamás se corrompen y las lágrimas jamás se secan.

Los Hombres Tristes se reúnen en oficios religiosos narran la historia de Anabás, que fue el primero en abandonar los terrenos subterráneos para colarse en los dominios benévolos y prometió regresar algún día para ayudar a sus hermanos en su ascenso. Los Hombres Tristes suelen contemplar el cielo en busca de una señal, que no se produce. A veces ven una paloma en pleno vuelo y se llenan de un júbilo transitorio, que no es más que la desesperanza disfrazada. La paloma continúa su aleteo, Anabás no se hace presente y ellos persisten en su condición de Hombres Tristes.

Lo que los Hombres Tristes no se han dado cuenta es que Anabás es un héroe mitológico y es la creencia en él y en el día de la emigración celeste la que perpetúa este presente injusto. Anabás sólo existe en la mente de quienes quieren sonreír y reniegan de que no han sido concebidos para ello. La felicidad no es para todos y la única posibilidad de romper este orden es que cada Hombre Triste se reconozca como tal y descubra a Katabás en su corazón. Si no podemos sonreír, pues no lo hagamos. Pero si la sonrisa no es nuestra, que no sea de nadie. Destruyamos la Ciudad de los Felices. Que no quede piedra sobre piedra ni risa sobre risa. La solución no está allá arriba, sino acá abajo. Que arda aquella ciudad que no nos acepta. Que desaparezca cada árbol, cada ladrillo, cada teja de cada casa. Que sólo veamos humo sobre nuestras cabezas para ver si entonces, de la nada, podemos construir algo mejor que esta iniquidad. Ningún imperio ha resistido al tiempo. Y éste no será la excepción. Lloremos con paciencia. Porque la victoria final será nuestra.

Desp
ués de leer estas páginas corrí a la librería más cercana. Conseguí la Lonely Planet pero una edición más nueva del año 2009. En ella, tras la página 52, se encuentra la 53 y sólo se describe una única Buenos Aires, con un solo obelisco. Me pregunto si mi amigo James habrá leido este artículo escondido en su regalo. Lo dudo mucho, porque parecía un tipo alegre. Pero yo sé por qué ciudad arrastro mi angustia, mientras miro al suelo en espera de la señal de Katabás.

lunes, 20 de julio de 2009

De la metafísica y la ley

El diputado Alejo Cuccinoti entró en el comité con la firme intención de conseguir el apoyo para su proyecto de ley. Había estudiado los argumentos durante toda la noche en su escritorio, mientras su esposa dormía extendida a lo ancho de la cama. Con las ojeras como signo de su convicción, el diputado se levantó de su silla y apuntó con sus dedos a todos los presentes:

- No estoy dispuesto a ceder. Este es el momento para presentar esta propuesta.

- Pero Alejo – lo interrumpió el diputado Remigio Hernández, el único con la fortaleza suficiente para rebatir sus ideas -. Se nos acusa de no preocuparnos por los problemas importantes y vos querés, justo ahora, cambiar las leyes del matrimonio. No seas necio. Los periodistas y la oposición nos van a destruir.

- ¿A qué te referís con ‘justo ahora’? Ahora es el momento adecuado. ¿No te das cuenta de que estas leyes quedaron obsoletas? No podés tener un pensamiento tan reaccionario y seguir aferrado a conceptos que ya no pueden sostenerse.

- ¿Pero vos pensás que la gente va a aceptar la nueva ley?

- Por supuesto que sí. Además, va a ser una ley. Van a estar obligados a respetarla.

- Estamos a pocos meses de las elecciones. Dejemos pasar unos meses. En estos tiempos hay que manejarse con mucha cautela. Un error ahora y perdés las bancas.

- Es justamente por eso que debemos presentar el proyecto inmediatamente. ¡Basta de dilaciones! La gente lo pide en forma silenciosa. No lo dicen, pero se lee en los rostros. El matrimonio, tal como lo conocemos, es una institución obsoleta. Hace muchos años el promedio de vida era muy bajo. A los cincuenta, las personas tenían la decencia de pasar a mejor vida. Te trataban de curar un mareo con sanguijuelas y en diez minutos estabas tocando el arpa. En aquellos tiempos de existencias cortas y leyes bárbaras, casarse para toda la vida era un compromiso menor, de apenas unos cuantos años. Pero ahora... ahora el promedio de vida es de ochenta y dos años para el hombre y ochenta y siete para la mujer. Si se casan a los veinticinco, por poner un ejemplo, están estableciendo un contrato de más de cincuenta años. ¡Más de cincuenta! ¿No lo ven? ¡El doble de lo que la persona tiene en el momento de firmar al pie de esa bendita página!

«No señor, el contrato matrimonial debe caducar a los veinte años. Esa ley no puede hacerse esperar. La ciencia estiró nuestras existencias. Tenemos la posibilidad histórica de vivir dos vidas. ¿Vamos a desperdiciarla viviendo una sola? No, veinte años, veinticinco a lo sumo y empezamos de nuevo. ¿Lo entienden?»

- Bueno, pero algunas personas estamos felices con lo que tenemos y no queremos recomenzar...

- ¡No me hagas hablar, Remigio! ¡No me hagas hablar que ya sabemos cómo son tus deseos de no innovar!

- Pero por lo menos habría que dejar la posibilidad de renovar el contrato. No podemos obligar a la gente a separarse.

- ¡De ninguna manera! ¡Ese sería el error más grande! ¡La revolución debe ser completa o si no, no se debe llevar a cabo! No estoy dispuesto a transigir. Porque si existe la posibilidad de la renovación, entonces nadie estará dispuesto a dar el salto. ¡Pero no se dan cuenta! ¡Les estoy proponiendo una ley que nos permita vivir dos vidas! ¿No lo entienden? ¡Un cambio ontológico establecido en el Código Civil! ¡Nadie en la historia de la humanidad propuso algo tan grande!

Todos los asistentes se vieron persuadidos por los argumentos de Alejo. Incluso Remigio acarició su barba y asintió, cuando todas sus barreras fueron desarticuladas.

Al día siguiente, el proyecto de ley fue presentado y cajoneado, como tantos otros, puesto que le dieron prioridad al debate acerca del aumento del salario de los diputados y senadores, que tuvo una aceptación inmediata y unánime.

Un día antes de cumplir sus bodas de plata, Alejo Cuccinoti, extendido a lo ancho de su propia cama, vio su sueño interrumpido cuando un cuchillo de cocina se le hundió en el pecho. Enterrado en la Chacarita, apoya ahora su cabeza en la base de una lápida en la que puede leerse:

"La política y la sociedad no están preparadas para empresas metafísicas".

martes, 7 de julio de 2009

Acerca de la génesis

Hace ya un tiempo largo, conocieron la historia del bandoneonista Remigio Álvarez y su teoría estética del sufrimiento. Lo que no saben es que el artista compartió el vientre materno con su hermano gemelo, de rasgos semejantes pero de actitudes diferentes.

Bajo el influjo de la era de la producción en masa y la certeza de que un blog sin artículos se muere, cometí la torpeza de dar a conocer los tropiezos de Remigio y callar o postergar los de su hermano.

Las personas tenemos vidas inútiles. Pensamos que nuestro nacimiento tiene un propósito, que nuestros actos se adhieren en la tierra que pisamos y que nuestra muerte inundará al mundo de un llanto incontenible. Pero no es así, vivimos y morimos y somos olvidados en un descuido. Hacemos cada tanto movimientos ampulosos para instalarnos en el recuerdo de alguien, pero es en vano. Nos perdemos entre miles de imágenes y sonidos y, al cabo de algunos años, somos apenas un nombre familiar, un estudiante escondido en medio de otros rostros de una foto grupal de un colegio que ya no existe, porque fue convertido en una torre gigantesca.

Los personajes, en cambio, tienen existencias redondas. Como no son concebidos por un vientre, sino por una cabeza, sus existencias no transitan por las calles del azar o la estupidez y sus actos están destinados al recuerdo.

Por cumplir con los plazos de una entrega o por querer ser breve para no aburrir, les conté las penurias de Remigio. Pero éstas sólo tenían sentido en contraposición con las de su hermano. El problema es que al demorarme en transmitirla, me olvidé de su historia y no pude recordarla a pesar de haberlo intentado una y otra vez. Las personas pueden y deben ser olvidadas, no así los personajes. Pero éste se rebeló. Ante un descuido, se escondió vaya uno a saber dónde y permitió que su vida careciera de sentido, no dejó ninguna huella visible y, lo peor del caso, arrastró consigo a su hermano, cercenando su historia, que en principio era circular y, por lo tanto, perfecta, hasta dejarle el aspecto triste de un gajo de mandarina.

Ya salí inútilmente por las calles de una Paternal imaginada, gritando el nombre del personaje devenido en persona por propia voluntad o como consecuencia de mi incapacidad de recordar cosas importantes. Quizás sea el momento de salir a buscarlo por La Paternal real.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Del arte en la Paternal

Los vecinos de la Paternal sostienen que para ser artista, es necesario tener una vida tortuosa. La arquitectura de las calles hace que el pensamiento llegue inexorablemente a esa conclusión. Esta circunstancia puede parecer absurda (y probablemente lo sea), pero estudios científicos han demostrado que una misma persona tendrá ideas necesariamente contradictorias si lleva a cabo un análisis en San Cristóbal y en Constitución. El libro La geografía es mucho más que una montaña, escrito por el Dr. Guillermo Llorente, expone el caso de un hombre que vivía cerca de la estación de tren y que todas las noches decidía abandonar a su novia. A la mañana siguiente, cuando se dirigía a su casa para comunicarle su determinación, cambiaba de opinión en el preciso instante en que atravesaba la Avenida Entre Ríos. Hoy, la pareja sigue vigente y vive, un poco a disgusto, en el límite entre Balvanera y Monserrat y consideran dejarse o enlazar sus existencias para siempre cada vez que deciden comprar el pan en una u otra panadería.

Remigio Álvarez nació, vivió y planeó tener hijos y morir en la Paternal, por lo que sus apreciaciones artísticas estuvieron siempre teñidas por el curioso signo del barrio. De todas formas, en esas breves desatenciones del destino que los incautos llamamos libre albedrío, Remigio había conseguido convertirse en un verdadero extremista por voluntad propia.

Su afición por el tango y, en particular, por el bandoneón, apareció a temprana edad, cuando imitaba los movimientos de su abuelo que formaba parte de una orquesta típica. Pero fue en ese límite incierto entre la adolescencia y la juventud cuando descubrió que la música no provenía de dedos ágiles, sino del corazón y, principalmente, del dolor. En medio de una clase de solfeo cayó en cuenta de que esos estudios prácticos no tenían sentido, llamó "prestidigitador de cuarta" a su profesor y lo abandonó para siempre, dando un portazo, para dedicarse de lleno a actividades sufrientes, fuente de la única y verdadera inspiración.

Fue así como, a partir de ese día, se esforzó en enamorarse de mujeres imposibles que lo rechazaban con vehemencia y, en ocasiones afortunadas, hasta llegaban a ignorarlo, que es la forma capital del desprecio. Se rodeó de amistades que practicaban la ingratitud. Sintió admiración por desmemoriados que lo condenaban una y otra vez al olvido.

A Remigio se lo suele encontrar en boliches de mala muerte, tocando el bandoneón para borrachos que apenas le prestan atención. Considera que desperdició su vida, mientras sus dedos bailan un tango sobre los botones y el fuelle suspira amargura.

Alguna vez escuché su melodía entre el humo de los cigarrillos que nubla su existencia. Lo peor del caso es que no estoy seguro de que su música sea buena.

miércoles, 1 de abril de 2009

Monstruos de Plaza Francia II

José Vaivén era un mortal que manifiestaba en sus rasgos la azarosa combinación de dos razas separadas por miles de kilómetros, pero que se habían estrechado cuando su madre australiana supo dar a luz un hijo de padre criollo. José Vaivén, ya maduro, se hizo presente en los terrenos floridos de Plaza Francia para pasear sus particularidades. Dedicado a la confección y venta de boomerangs, esgrimía su cuchillo sobre la madera y procreaba así la artesanía con la que sus ancestros maternos se procuraron el alimento. Sólo después de someter los boomerangs a rigurosas pruebas, que daban cuenta de su calidad, los depositaba en una tela extendida en el suelo y los exhibía al círculo comercial. En ellos podían verse distintos dibujos de temática monótona: cientos de trabajadores enardecidos incendiaban una fábrica y se repartían lo que las gigantescas y pesadas máquinas habían producido a lo largo de la jornada. El dueño de la empresa exponía su cuello a la soga de la cual pendía, mientras algunos de los hombres que lo habían ajusticiado jugaban con su cuerpo inerte, balanceándolo de un lado al otro. Un grupo blandía distintos carteles en los se leían reclamos políticos y, a fuego lento, se quemaban los últimos vestigios de un sistema opresor, mientras los trabajadores bailaban y celebraban el éxito de la revolución. Otros boomerangs mostraban una Plaza de Mayo atestada de obreros que resistían las acometidas de la policía. La Guardia de Infantería desplegaba sus gigantescos bastones sobre las cabezas de los manifestantes que crujían cuando los uniformes avanzaban, pero la multitud era tan grande, eran necesarios tantos crujidos, que los bastones jamás lograban imponerse a tantos cráneos. Cientos de escudos transparentes, intentaban detener el empuje de miles de brazos que pugnaban por ingresar en la Casa Rosada. En un extremo del boomerang, cinco individuos golpeaban tímidamente unas cacerolas y se miraban con autosuficiencia. Somos la invencible clase media, gritaba uno. Viva, coreaban los cuatro restantes, mientras los disturbios les pasaban por su derecha, por su izquierda, por arriba y por abajo. Una señora con un bebé en brazos era golpeada ferozmente por un policía y, mientras un periodista de impermeable blanco denunciaba la barbarie del servidor público, otro periodista de impermeable negro se lamentaba de que una madre fuera capaz de exponer a su hijo a semejante peligro. El periodista blanco le respondía al negro que los que tienen hambre no tienen otra arma que la protesta y el negro le respondía al blanco que todos los que se encontraban en la plaza eran delincuentes pagos. Los insultos del periodista blanco se enroscaban en los del periodista negro, mientras se amenazaban con sus micrófonos para trenzarse luego en un combate feroz. A la derecha, un grupo prendía fuego a un tacho de basura y los bomberos trataban de apagarlo, sin poder acercarse, repelidos por piedrazos que surcaban el cielo. El potente chorro de agua se dirigía a las masas, en lugar de declararle su acostumbrada guerra a las llamas. Otros manifestantes construían barricadas, mientras algunos políticos se tomaban la cabeza, asomados a una de las ventanas de la Casa Rosada, mientras otros políticos se frotaban las manos, en la ventana lindera.

José Vaivén, mientras recortaba la madera, explicaba a quien quisiera oírlo que él mantenía el único sistema ético-comercial que había existido en el mundo. Jamás permitiría que una de sus artesanales armas cayera en manos de un gringo y cada vez que un extranjero se le acercaba a preguntarle el precio de sus productos, dejaba oír sus amenazas en toda la plaza.

A fuerza de simpatía, supo ganarse la amistad de los chicos que solían pedir dinero a los transeúntes y los aleccionó en sus doctrinas. Los pobres no tenemos que pedir dinero, les decía, sino exigir lo que por derecho nos corresponde. La fuerza es un recurso, agregaba, y por lo general, el único con el que contamos los que individualmente no somos poderosos. Los chicos lo observaban con ojos grandes y fascinados por el trayecto inconcebible que describía el boomerang cuando José lo arrojaba hacia delante:

- Tenemos que ser inteligentes - declaraba - para lograr que lo que nos fue arrebatado - y lanzaba su artesanía - vuelva a nuestras manos - y atrapaba su alegoría en pleno vuelo. - Aprendé a ganarte tu sustento, porque nadie te lo va a regalar - le dijo a Rubén, un chico de doce años y el mayor de todos sus espectadores, mientras depositaba en su mano el boomerang mejor trabajado -. Ahí hay un pájaro - y extendió su dedo índice hacia la rama de un árbol.

Rubén, con un movimiento diestro de su mano, supo hacer que el dibujo tallado de la revolución social, golpeara la cabeza del gorrión, que se transformó en alimento inmediatamente después de exhalar su último canto. Una olla grande, llena de aves desplumadas, era revuelta por una rama. La ronda de ojos hambrientos cercaba la cocción, mientras la voz de José resonaba en oídos que no podían escucharlo, porque el espíritu encerrado en el cuerpo, se pega a la lengua cuando las tripas suenan:

- No hay que regalar pescado. Hay que enseñar a pescar. Porque el pescado sirve para ahuyentar el hambre de hoy y el arte de la pesca, nos hace libres del hambre para siempre.

Los chicos probaron la sopa de pajaritos cuando estuvo lista y quedaron satisfechos. Sus abdómenes redondos brillaron, felices, bajo las estrellas por primera vez. Y durmieron un sueño gordo, cuyo sopor no quebrantan los ruidos ni las pesadillas.

Se despertaron cuando el sol del mediodía derramó su calor sobre sus diminutos cuerpos.

A partir de aquella noche de saciedad, el cielo de la plaza se vio surcado por innumerables boomerangs. Los pájaros se desprendían de las ramas como frutos maduros, saboreados por la jugosa sonrisa de José Vaivén, que sembraba discursos en tierra propicia:

- Ya se encargarán del mundo - se decía -. Ya arreglarán las injusticias con la fuerza de su brazo.

Los chicos saborearon una y otra noche las delicias de la sopa de pajaritos y cada banquete se convertía en una verdadera fiesta. Los cantos giraban alrededor del fuego y el baile se desplegaba bajo la luna, mientras el aroma de la sopa se fugaba de la olla y se esparcía por la plaza, halagando las narices de todo el barrio durante varios meses.

De jarra en jaaarra
Sirvan la soopa
Igual que el viiino
De copa en coopa

Cierta tarde, José Vaivén desapareció y distintas versiones intentaron dar cuenta de su paradero. Grupos políticos dijeron que el Gobierno lo había asesinado para evitar que sus boomerangs subversivos siguiesen promoviendo comportamientos sediciosos. Grupos religiosos sostuvieron que el gorrión es un ave sagrada de nuestros cielos y que una divinidad había castigado al cazador, transformándolo en pájaro. Los artesanos de Plaza Francia se abstuvieron de hacer comentarios y sólo algunos se atrevieron a admitir, después de muchas horas de insistencia, que durante la semana posterior a la desaparición de José Vaivén, el aroma de la sopa de pajaritos que cocinaban los chicos junto al tobogán, tuvo un aroma más agradable, más suculento y dulzón de lo acostumbrado y que durante esos siete días la fiesta de los chicos se había vuelto realmente escandalosa.

Que avive el fueeego
Ésta, mi cancioón.
De caldo y caaarne
Es la comunioón.

La rama sigue escondiéndose en la olla y la sopa sigue cocinándose en las noches de Plaza Francia, pero el rito se celebra en forma silenciosa, como si de un ceremonial religioso se tratara. Rubén, el mayor de los comensales, es quien se encarga en la actualidad de repartir los boomerangs a los cazadores. Algunos buscan en sus ojos a José Vaivén, convencidos de que la llama se transmite de maestro a discípulo, pero sólo encuentran dos pupilas negras, artesanales.

jueves, 19 de marzo de 2009

De la importancia del número

Las puertas del bar se abrieron para dejar pasar una procesión compuesta por cinco personas que, arrastrando un despojo, se acomodaron en torno a una mesa e inmediatamente pidieron una ginebra al mozo. El despojo era Eleuterio Barbosa, horas después de ser abandonado por Milagros Lamarque. Una carta sobre la almohada con explicaciones insuficientes, los cajones y el placard vacíos como epílogo de aquella relación.

Los cinco amigos intentaban consolar a Eleuterio, incendiando su alma con bebidas espirituosas, pero él se mantuvo inclinado sobre la mesa, con la mirada flotando sobre un cenicero, mientras que sus curanderos se ponían cada vez más chispeantes:

- Hay cientos de mujeres en el mundo. La que se va, abre la puerta para la próxima.

- Claro. No vas a darle el gusto de ponerte triste - y el consejo que sirve tanto en el arte de la carpintería como en cuestiones amatorias -. Un clavo saca a otro clavo.

- Vayamos al Club Villa Antártida. Esta noche hay un baile. ¡Qué mejor que un baile para considerar otros destinos posibles!

Las horas fueron pasando y el alcohol y la inmodificable curvatura de la espalda de Eleuterio condujo a los cinco colosos por nuevos rumbos discursivos. Tras agotar una larga serie de consejos, permitieron que sus lenguas se afilaran y dieran comienzo a un ataque feroz contra la figura de Milagros Lamarque:

- ¡Qué forma es ésa de abandonar un hogar!

- ¡Una carta! ¡Una miserable carta!

- Y los armarios sin ropa, con las perchas tambaleando.

- ¡Esto no puede quedar así! ¡Vayamos a buscarla! ¡Exijamos una explicación! ¿Dónde puede estar?

- ¿Habrá ido a lo de su mamá? ¡La vieja vive cerca! ¡En diez minutos podemos estar en su casa!

- ¡Nadie va a buscar a Milagros! - resonó la voz de Eleuterio, mientras su cabeza se erguía por primera vez -. Vayamos al baile.

Seis personas - y no cinco - se pusieron de pie, abandonaron el bar y se lanzaron hacia la sanación que proporcionaría el Club Villa Antártida. Los héroes irrumpieron en la pista de baile, otrora cancha de básquet, testigo de volcadas épicas en el año 72, época en la que el club hizo historia al coronarse campeón interbarrial.

Tras una minuciosa inspección del lugar, descubrieron que la más bonita de la fiesta se escondía entre las sombras que caían de un lado y de otro, empujadas por las luces en rítmico movimiento. Eleuterio tuvo ganas de volver a su casa, pero sus amigos le impidieron la retirada. Le obstruyeron las salidas y cubrieron su retaguardia, invitándolo a avanzar hacia las penumbras. Se dejó conducir y entabló con la mujer una escueta conversación, un baile y el olvido de Milagros, que fue sepultada entre los recuerdos por el vigor irresponsable de las vivencias.

Tras saborear la victoria, en una madrugada inspirada, Eleuterio concibió un plan, que transmitió a sus amigos la noche siguiente. La estrategia podría considerarse absurda, pero sus camaradas no la rechazarían puesto que la irracionalidad era una práctica habitual en aquel grupo:

- Anoche comprobé cuánto más simple es obtener el éxito con el respaldo de un ejército. Sin la presencia de ustedes, el triunfo me habría resultado esquivo, pero si aunamos esfuerzos, la batalla se vuelve sencilla.

Tengo una propuesta para hacerles. Turnémonos. Conviértanse por cinco meses en mi fuerza de choque y yo me convertiré en soldado de cada uno de ustedes por períodos similares. Les aseguro que nada que deseemos nos será negado.

Los amigos meditaron durante un tiempo y estuvieron de acuerdo. Así, el 14 de noviembre las efemérides recuerdan la conformación del Regimiento 1 de Flores, que sin bandera ni uniforme, intentaría corregir las muchas injusticias que sufría su comandante.

La primera hazaña lograda por este grupo ocurrió algunos días más tarde. Eleuterio consideraba que ya era hora de hacer entrar en razones a su vecino, que imponía su música espantosa a todo el edificio hasta altas horas de la noche, con todo el poder de sus parlantes potenciados. La infantería se atrincheró en la escalera y Eleuterio, envuelto en una soledad aparente, tocó el timbre del departamento "8". El enemigo observó por la mirilla y preguntó:

- ¡Quién vive!

- Soy el vecino de arriba. Vengo a solicitarle que deponga la música o me veré obligado a forzarlo.

- ¿A quién vas a obligar? - dijo el hombre, después de analizar que, por el tamaño y el aspecto físico de Eleuterio, podría propinarle una verdadera paliza en cuestión de minutos. Abrió la puerta y se puso en guardia. Inmediatamente la tropa entró en acción. En conjunto, empujaron al vecino hasta el fondo de su living y arrojaron sus parlantes por la ventana, mientras entonaban Aurora (canto que probablemente no era adecuado para la ocasión, pero el fervor patriótico que los embargaba era un sentimiento incoherente y el único recuerdo similar, se remontaba a mañanas frías de un 25 de mayo, en el patio de la escuela).

Eleuterio, aplicando una logística similar, consiguió un ascenso en el trabajo, que el portero del edificio de al lado no baldeara la vereda a deshoras, que la compañía de teléfonos celulares se hiciera cargo de un error en la facturación, que los obreros de una construcción fueran más consideraros y llevaran a cabo sus tareas con el mayor silencio posible y que un colectivero abandonara el arte de ocultarse tras otro colectivo para no detenerse en la parada.

Los fines de este ejército personal y comunitario no eran altruistas. Las correcciones y reivindicaciones que impusieron no siempre fueron justas. Eleuterio solicitó ser acompañado a cada fiesta a la que fue invitado y el apoyo de su grupo le resultó siempre favorable. Una noche, propuso el asedio y conquista de una rubia de vestido rojo. Pero los combatientes recomendaron cambiar de objetivo e invadir los territorios hostiles de una morocha de ojos verdes, que parecía mucho más apetecible que la anterior y que se dedicaba a rechazar a todos los pretendientes que la requerían. Eleuterio se opuso en un primer momento y explicó ciertas cuestiones acerca de la cadena de mandos, del verticalismo propio de toda organización castrense y cuán atractiva consideraba a la rubia. Pero fueron tan firmes y convincentes las voces que elogiaron la geografía de la morocha, que Eleuterio terminó convencido de que la opinión de sus subordinados era la correcta. La morocha habría de ser más bonita y su preferencia por la rubia debía ser apenas un accidente, producto de su percepción distorsionada. Al fin y al cabo, su propio instinto e inspiración lo habían llevado a elegir muchas mujeres equivocadas.

Después de unos minutos de conversación, aceptó gustoso, y tuvo por primera vez en su vida la sensación de certeza absoluta. Sabía que su determinación era correcta, porque no se fundamentaba en su propio capricho débil y cambiante, sino en la base firme de una mayoría. Uno de sus amigos podría equivocarse. Pero la coincidencia en el error de todo el grupo, le resultaba mucho más improbable.

Así, la morocha, seducida por el poder de Eleuterio o intimidada por el grupo que lo acompañaba, se dejó conquistar con facilidad y el capítulo La arremetida en el baile, pasó a engrosar el registro histórico de las hazañas de esta tropa. Sin embargo, las buenas ideas no tardan en ser plagiadas. En breves minutos, otro individuo conformó una milicia improvisada compuesta de quince combatientes, cuyo objetivo fue la usurpación de la morocha que se dejaba enroscar por los brazos de Eleuterio. Cuando iniciaron su acometida, el Regimiento 1 de Flores consideró que la batalla sería demasiado desigual, por lo que tras un silbido y una serie de ademanes preestablecidos, la tropa llevó a cabo su primer repliegue táctico, que fue motivo de burla y escarnio durante los días posteriores.

Eleuterio entendió que si sus enemigos habían duplicado su estrategia, él debía fortalecerse para mantener su hegemonía. Entonces, se lanzó a la Plaza Pueyrredón para reclutar gente y extendió sus esfuerzos por distintos barrios de la ciudad. Después de largas jornadas de búsqueda y convencimiento, el ejército de Eleuterio alcanzó el número místico de setenta soldados, divididos en agrupaciones menores, cada una con un jefe convenientemente entrenado.

El desplazamiento de una tropa de setenta integrantes se convirtió en una verdadera inconveniencia. Tomar colectivos era una tarea dificultosa, que implicaba fraccionarse y, generalmente, llegar tarde a todos lados. Por ello, se decidió reducir el radio de acción a un máximo de treinta y tres cuadras.

La noche del 26 de febrero, ciento cuarenta piernas sincronizadas marchaban hacia un boliche de Caballito. Eleuterio ingresó en el local y se encontró con el mismo regimiento enemigo que le había arrebatado a la morocha de ojos verdes. Ella continuaba custodiada por el temido general:

- Eleuterio, intentemos recuperar a la morocha - dijo uno de sus amigos, tras evaluar el poderío de fuerzas propias y hostiles.

Eleuterio, amparado por el número, se dispuso a iniciar el ataque, cuando otro de sus jefes interrumpió:

- No, la morocha es lo menos importante en estos momentos. Dejemos de lado las cuestiones amatorias. Debemos limpiar nuestro honor y atacar al enemigo en un movimiento reivindicatorio a muerte.

Eleuterio quedó, pensativo, entre estas dos voces.

- No, están equivocados - dijo otro -. ¿Para qué gastar pólvora en chimangos, si en el noroeste hay una pelirroja de piernas interminables, muy superior a la morocha. Debemos ser inteligentes y prácticos. La batalla perdida, perdida está. Miremos hacia el futuro y ocupémonos de actos más sublimes.

- No, la pelirroja es mi hermana. ¡Con mi hermana no te metas! - soltó otro de los jefes.

- ¿Y por qué la conquista de la pelirroja es más sublime que la recuperación de la morocha?

- Porque la morocha es bonita en el plano terrenal. La pelirroja es metafísicamente perfecta.

- A mí no me gustan las coloradas.

- ¡Pero vos qué sabés!

- Si no podemos ponernos de acuerdo, vayamos a otro boliche.

- ¡Bueno, el que elige acá soy yo! - interrumpió Eleuterio - Yo también tengo mi criterio, ¿no?

- ¡No! Tu criterio es el que nos trae problemas. Si fuera por tu criterio, jamás se habría formado esta tropa y te hubieras escapado en la primera incursión en el Club Villa Antártida.

- ¡Pero quién da las órdenes acá! - respondió enojado Eleuterio, ante ese acto de insubordinación.

Todo su ejército lo rodeó:

- Las órdenes las das vos. Pero sabé que si no seguís mi consejo, te vas a convertir en mi enemigo. Y no sólo en mi enemigo. Hay muchos soldados que me acompañarán - explicó uno de los coroneles, mientras algunos reclutas asentían con la cabeza.

- También te vas a convertir en mi enemigo, si no me escuchás - agregó otro jefe, que no quería ceder terreno.

- En el mío también.

Eleuterio se quedó en silencio. Los jefes de las distintas facciones lo tomaron de sus miembros:

- ¡Vamos! ¡Decidí! ¿De qué lado estás?

Eleuterio no sabía qué contestar. Reconquistar a la morocha, se mostraba como una tarea interesante, pero vengar la afrenta parecía honroso y digno. Incursionar en nuevos territorios pelirrojos es siempre abrirse una puerta a un posible destino más prometedor, pero marchar hacia otro lugar y pacificar los ánimos era una opción juiciosa. Los jefes comenzaron a tironear de los brazos, de las piernas, del cuerpo de Eleuterio. Un remolino de gente y violencia se formó a su alrededor. Un testigo sospechó que aquel revuelo podría derivar en una tragedia y llamó a la Comisaría 38. Dos patrulleros se hicieron presentes cuando los coroneles se disputaban la voluntad del general, tirando con todas sus fuerzas, cinchando hasta que el cuerpo de Eleuterio simplemente cedió y se despedazó.

- ¡Policía! ¡Nadie se mueva!

Los coroneles, cada uno con su despojo, se lanzaron hacia la salida empujando a bailarines y uniformados y huyeron en distintas direcciones. Las crónicas barriales registran que los miembros de Eleuterio fueron enterrados en distintos parques de la ciudad. El brazo derecho descansa en Plaza Francia. El brazo izquierdo en Plaza Once. Una pierna, tal vez la izquierda, en los Bosques de Palermo. La cabeza, en cambio, fue abandonada en el local. La Policía la encontró echada en el suelo y con una sonrisa amplia y sorprendente. Es probable que Eleuterio haya muerto feliz, tras abandonar la triste circunstancia de ser uno, flotando en la incertidumbre, para convertirse en múltiple y verdaderamente libre.