lunes, 9 de marzo de 2009

Del Abolidor de Belleza

Esteban Principato jamás sospechó que el curso de su historia se transformaría cuando, con su acostumbrado movimiento, se abrieron las puertas del ascensor en que viajaba:

- Buenos días - dijo Laura Deles, mientras ingresaba arrastrando un pesado violonchelo y presionaba con su dedo el botón de la planta baja.

Esteban permaneció en silencio durante algunos segundos, intentando articular la frase que, finalmente, pudo soltar:

- Buenos días.

Jamás había visto a una criatura de tan delicada figura y movimientos. Su belleza era un cachetazo que la precedía e inundaba el ascensor.

- Hasta luego - dijo, mientras Esteban, con un gesto, se ofrecía a cerrar la puerta y la invitaba a perderse por el pasillo.

Los días posteriores le regalaron a Esteban escenas parecidas. Laura Deles abandonaba su departamento a las 8.45 a.m. e ingresaba en el ascensor, siempre ocupado por su vecino que se quedaba en un silencio contemplativo que lo llenaba de felicidad por todo el trayecto y cuyos vestigios lo acompañaban durante toda la jornada.

Una mañana, después de cerrar la puerta y cederle el paso, la siguió por la avenida José María Moreno a algunos metros de distancia, escondiéndose detrás de los árboles para no ser descubierto en su acecho. Vio cómo Laura se detenía en la parada del 55, mientras encendía un cigarrillo. Cuando terminó de fumarlo y lo dejó ahogarse en el arroyo que corre junto al cordón de la vereda, el colectivo apareció con su cadencia cansina. Extendió su brazo y subió las escaleras con una gracia infrecuente, a pesar de llevar consigo el pesado instrumento.

La sincronización era su distintivo o su adorno. El cigarrillo no se había consumido por azar. El colectivo lo había esperado para materializarse. Las horas y los minutos eran un rasgo de su inolvidable rostro. O al menos eso pensó Esteban.

El soborno al portero para acumular información, era un hecho que no tardaría en ocurrir:

- Los hijos de la Sra. Ramírez la internaron en un geriátrico - le explicó.

- Pobre.

- Sí, bueno, en realidad no. La Ramírez era verdaderamente una bruja. Cada vez que me veía quieto, me gritaba: ¡Herminio, limpie! ¿Qué hace que no está trabajando? El consorcio no le paga para hacer de estatua. Sí, señora, sí, le respondía yo. Pero la vieja no tenía otra cosa que hacer. Todo el día a mis espaldas, para ver si estaba en movimiento o no. Y no es que a mí no me guste el trabajo, pero no puedo...

- Herminio, volvamos a la vecina nueva, por favor.

- Ah, sí. Bueno, los hijos internaron a la vieja Ramírez en el geriátrico y pusieron el departamento en alquiler. Se mudó esta señorita, Laura Deles, hace poco menos de un mes. Vive sola. Nunca la vi entrar con ningún hombre, así que descarto que tenga novio. Cada tanto viene a visitarla un hermano.

Con esta información, Esteban se empeñó en trazar un plan de conquista. Lo primero, sería abordarla en el ascensor. Debería hacer un comentario ingenioso, que le permitiera trasponer las puertas del anonimato. ¿Pero qué sería lo más adecuado?

Así, durante horas, fue escribiendo posibles comentarios y estudiando qué respuestas podría recibir en cada caso. Elaboró sesenta y cinco conversaciones hipotéticas de veintisiete segundos de duración cada uno, tiempo empleado por el ascensor para descender los seis pisos hasta planta baja.

Con toda esa teoría elucubrada en horas insomnes, se decidió a llevarla a la práctica un lunes por la mañana. Pero cuando Laura ingresó en el ascensor y apoyó el violonchelo contra la pared del fondo, Esteban consideró que las palabras que había preparado se volvían torpes en su mente y lo serían mucho más en su boca. Las sesenta y cinco charlas corregidas y estudiadas no eran apropiadas para la ocasión y Laura Deles partió del edificio con la misma rutinaria indiferencia que había profesado hasta entonces.

Esteban cayó en una honda amargura. La belleza de Laura se le representaba inalcanzable y le manifestaba su propia imperfección. La avenida José María Moreno ya no lo veía pasar silbando el tango Si no me engaña el corazón, sino que su espalda se le hizo pesada y su vista comenzó a descansar, como un bastón, sobre las baldosas rectangulares por las que se arrastraban sus pasos. Así de encorvado, llegó a una agria conclusión, que explicó a un par de amigos una tarde de cervezas y maníes, en el bar de acostumbradas confesiones:

- La belleza no puede provenir de la luz, sino de la oscuridad. La belleza es realmente una porquería, que no se la deseo a nadie - dijo Esteban mientras golpeaba la mesa con un puño.

- Bueno - lo interrumpió su amigo de la infancia, Julio Ledesma, mientras empujaba con su dedo índice su par de anteojos para que estos escalaran hasta la cumbre de su nariz -, existen diversas teorías, de la ascensión angélica por la contemplación...

- La contemplación es realmente abominable. A mí no me vengan con esas burradas de la caída del espíritu por tropiezos estéticos. Enfrentarse a lo bello es como mirar por mucho tiempo las estrellas: te recuerda tu propia pequeñez y que te vas a morir. Nada bueno puede salir de esa conjunción... Nada bueno.
Por eso, si nos consideramos ciudadanos decentes, deberíamos dejarnos de hacer macanas y esforzarnos en abolir definitivamente la belleza de nuestro barrio.

- ¿Abolir la belleza? ¿Cuántas cervezas te tomaste?

- No las suficientes -. Y en ese instante, su vida alcanzó un nuevo propósito.

Existen muchos testimonios acerca de las actividades terroristas de Esteban Principato. Pero las dos más veraces, de las que existen pruebas y las más alejadas del imaginario barrial, son El ataque al teatro y El sabotaje a la orquesta.

Esteban consideró que el mayor peligro contra la humanidad, radicaba en el arte. Una actividad que tenía a la estética como uno de sus propósito más importantes, no podía sino provenir de los parajes infernales más profundos. Fue por ello que una mañana se presentó en la sala del Teatro Atenas, con los avisos clasificados bajo el brazo, y se postuló para el oficio de acomodador. Su aplomo y su currículum (tan intachable como apócrifo) le valieron la aceptación de los empleadores, que lo contrataron para que iniciara sus actividades ese mismo fin de semana, en el estreno de la obra clásica La vida es sueño.

El sábado, Esteban se presentó con un traje reluciente y de inmediato puso en práctica su plan. Cortaba los boletos y les pedía a los espectadores que lo acompañaran. Simulaba tener un desperfecto con la linterna y, tras pedir disculpas, solicitaba que lo siguieran a tientas por entre medio de unos pasillos oscuros. Pero en lugar de conducirlos hacia sus asientos, Esteban les hacía perder el rumbo, los extraviaba en el baño, también oscuro, y les cerraba la puerta con llave. De esta forma, logró introducir en unos sanitarios de quince metros por trece, a cincuenta y siete personas que habían abonado su entrada. Entre ellos, figuraba un crítico que supuso que esa aglomeración caótica entre lavabos y urinarios, no era más que una versión vanguardista de la obra de Calderón, para imponerle al público el terrible padecer de Segismundo, recluido de la sociedad y del trono que le correspondía, ay mísero de mí, ay infelice. Es fácil suponer que la valoración del espectáculo por parte de dicho periodista fue bastante pobre.

Los actores, salieron a escena y vieron una sala completamente vacía, aunque la recaudación en la boletería no había sido mala. Se miraron los unos a los otros, debatieron sobre el compromiso del artista de realizar su arte aun con un público ausente, pero finalmente primó la cordura, se sacaron sus incómodas vestimentas y fueron a cenar a la pizzería de la esquina.

El otro acto vandálico exitoso consistió en arruinar un concierto. Los bomberos voluntarios de Caballito tenían una orquesta filarmónica de bastante prestigio en la zona e incluso en barrios aledaños, que normalmente suelen lanzar críticas feroces contra los artistas foráneos.

Los vecinos estaban conmocionados. La orquesta de bomberos haría un concierto gratuito en el Parque Rivadavia y el entusiasmo era grande. Muchas personas ocuparon sus puestos frente a un escenario que todavía no había sido construido, para tener la certeza de que tendrían ese lugar de privilegio cuando finalmente la música brotara de los instrumentos.

Para perpetrar su crimen, Esteban Principato aguzó su ingenio. Con una serie de actos de inteligencia, logró descubrir que los músicos almorzaban siempre a las 12.30 en el cuartel de bomberos. Durante todo un mes, se apostó en ese lugar, simulando ser un vendedor de globos y haciendo sonar una campana para llamar la atención de los chicos. Los bomberos almorzaban sin prestarle demasiada atención al vendedor, permitiendo que sus dientes se hincaran en tiernas y jugosas costillas de asado.

El día del concierto, los músicos se acomodaron en el escenario y Esteban hizo lo propio entre el público numeroso. El director, entre aplausos, ingresó y tras hacer algunas reverencias, enfrentó a su orquesta. Esteban disimuladamente sacó su campana de bolsillo y furtivamente la hizo sonar. Los músicos sintieron hambre de inmediato y sus glándulas comenzaron a segregar saliva. El trombonista intentó dar inicio a la melodía, pero sólo logró que de su instrumento brotara una catarata que bañó a los espectadores de la primera fila. El director golpeó con la batuta un par de veces, pero los vientos no podían comenzar y las cuerdas y los percusionistas estaban asombrados por el suceso, inmóviles detrás de sus violines y timbales. El público se impacientó de tal forma que bastó que uno gritara su descontento para que se lanzaran sobre el escenario y atacaran a los músicos, que intentaron escapar, algunos con más fortuna que otros.

Esteban se sentó complacido sobre el pasto de la plaza, para ver el terrible alcance de los desmanes, mientras, entre risas, pensaba:

- No por nada el perro de Pavlov no era trompetista.

Los vecinos comentan que Esteban Principato comenzó a ir a trabajar a las 8.30, por temor de cruzarse con su vecina y, poco después, para evitar accidentes indeseables, decidió mudarse. Dicen, aunque estos testimonios no son dignos de demasiado crédito, que Laura Deles abordó a Herminio cierta tarde para preguntarle por su vecino del 8º "B", ya que la extrañaba no haberlo vuelto a ver. Pero el portero no pudo dar demasiadas precisiones sobre su paradero, ya que Esteban había abandonado su departamento en horas nocturnas, para evitar preguntas y comentarios indiscretos.

En algunas panaderías suele oírse que, cada tanto, Esteban Principato hace una reaparición pública en algunos clubes barriales e inicia una rechifla ensordecedora cuando intentan elegir y coronar a la Reina de la Primavera.

19 comentarios:

Martín dijo...

Todos: Bueno, para que no se quejen, a pesar de que no hubo demasiados comentarios en el artículo anterior, acá les va uno nuevo (y eso que sigo sin tiempo).

Antes que nada, quiero aclarar que la palabra 'abolidor' no aparece en ningún diccionario, pero debería aparecer. No es una falla mía, sino de la lengua.

Espero que lo disfruten y ya me contarán. Saludos.

Licuc dijo...

Martin muy divertido el relato, lo tuyo son estas historias cortas.
Siendo psicóloga lo disfruté de un modo especial y me recordaste a Ángela Becerra, una escritora colombiana como yo, a quien he estado leyendo últimamente.
Entendiendo tu falta de tiempo, yo también la padezco, te dejo estas sugerencias:
1er párrafo, hay una historia sin s o algo así, el plural no está completo en la frase.
Otra frase que ví extraña fue esta: "La belleza de Laura se le representable inalcanzable y le manifestaba su propia imperfección." Me cuentas.

Martín dijo...

Licuc: Gracias por el elogio y por las indicaciones. Ya las corregí. Originalmente había escrito "el curso de sus días se transformaría", y no me gustó la aliteración. Le cambié 'día' por 'historia' y me olvidé del 'sus'.

El otro error podría explicarse diciendo que soy un tartamudo escritutario y repito 'bles' en forma injustificada.

No conozco a la escritora compatriota tuya. ¿La recomendás?

Inés dijo...

Un final muy divertido, aunque admito que este cuento no me impactó tanto como el resto de las historias que leí en tu blog. "El exintor de culpas" me encantó. Me gustaría mucho que publicaras el resto de cuentos de la serie de monstruos. A continuación hago una acotación, que sólo la realizo porque sos un escritor excelente y porque otra persona también se animó a hacer una acotación sobre la escritura en sí del texto.
Vos ponés: hacerse materializarse (iría hacerse materializar o hacer materializarse) Y mi última acotación es que hay un párrafo que empieza diciendo "los días", termina con "día" y el párrafo siguiente comienza nuevamente con "un día". Ayyyy estos lectores que quieren ser parte!!!! Me encanta tu blog. Deberías ser un escritor consagrado.

Martín dijo...

Inés: Ya hice las correcciones que me sugeriste (no sé si me falta carácter, tengo la mente muy abierta o soy un demagogo).

Es curioso, pero el error de 'hacerse materializarse' surge por culpa de la corrección. Yo había escrito 'hacerse presente', pero después decidí cambiarlo por 'materializarse'. Pinté la palabra 'presente' y la sustituí, sin caer en cuenta de que dejaba a su compañera fosilizada en el texto. ¿Existirán arqueólogos preocupados por reconstruir el texto original? Al fin de cuentas, un dinosaurio es un borrador de sapo y hay cientos de científicos ocupados en reconstruír eso que la Naturaleza considera un error ya corregido.

Licuc dijo...

No me importa el tartamudeo, te tengo cariño "virtual" y sé que lo haces tan bien como puedes y como el trabajo te deja, conozco de cerca la situación.
A Ángela Becerra la recomiendo, especialmente su libro Lo que le falta al tiempo, de los 3 que he leído de ella me parece que es el mejor, no por nada el más reciente, donde se nota lo que ha crecido desde que se dedicó por completo a la literatura.

Anónimo dijo...

Excelente historia, Martin, para mi, una de las mejores,coincido con Ines, por tu nivel de escritura ya tendrias que ser reconocido...un futuro Cortazar, tal vez?, te mando un beso....mariaM

Anette dijo...

Martín: mucho tiempo sin leerte y al volver, esta joyita.
Me gustó mucho el cuento y sin querer ser condescendiente, soy una más de las que considera que deberías publicarte.
Un placer como siempre,
Anette

Martín dijo...

Licuc: Veremos qué hacemos con tu recomendación literaria entonces.

Mariam: Los elogios se agradecen aun cuando se consideran injustificados. No voy a ser un futuro Cortázar, seguramente, pero escuchar (o leer en este caso) mentiras tales no deja de ser agradable.

Anette: Vivimos en tiempos capitalistas, en donde las conversaciones terminan girando en torno del dinero, para qué negarlo. Para publicarme, debería desembolsar unos cuantos billetes. Lo peor del caso es que si en forma gratuita apenas conseguí cinco lectores el día de hoy (según lo revelado por el Analytics) y, para colmo de males, yo soy uno de esos cinco y una persona llegó al blog preguntandole a Google "a que rapidez vuela una paloma", ¿cómo lograré que algún incauto compre, aunque sea por error, alguno de mis textos?

Creo que sería un pésimo negocio. Mejor me quedo acá, recibiendo pocos, pero reconfortantes, elogios inmerecidos.

Ah, y lo del mucho tiempo sin leerme, que no se repita.

jusamawi dijo...

Abolir la belleza es un esfuerzo inútil pues nunca nos dijeron dónde está.Nos pasamos la vida buscándola en todas partes.Como ni tan siquiera nos ponemos de acuerdo en su definición, hemos decidido dejar que cada uno la encuentre dónde pueda o quiera.Por eso si la aboliéramosmos acabaríamos los unos con los otros en un santiamén y , por no quedar, no quedaría ni fealdad.

Puedes probar a titular tu próximo cuento siguiendo los consejos de Analytics.Por ejemplo:"La raíz cuadrada de nueve no es tres" o algo por el estilo.O más sencillo coloca siempre cómo título Sexo gratis y deja que el subtítulo sea el título verdadero.Tendrás muchas visitas, pero lo más importante: comprobarás cuántos de los que buscaban sexo se quedaron con los abolidores.(Esos ya serán lectores garantizados)

Arlequincita ( Arle, para los amigos) dijo...

Toc toc ! Hola! ¿ Hay vida por aquí?
Qué bueno que tus ocupaciones te permiten visitarnos un ratito! Sabés que te extrañamos cuando estás lejos.

Me gustó mucho la historia de nuestro abolidor, y te recuerdo que la cantidad de lectores no es directamente proporcional a la calidad del texto.

Buceando un poquito más allá, me pregunto por qué Laura no le dio pie para la primer frase banal que desencadena una relación. Seguramente no le interesaba TANTO y la respuesta a los intentos de nuestro abolidor de establecer contacto hubiera sido una cachetada, o aún peor, la indiferencia del silencio eterno.

Besos Martín, trabajá menos que queremos extrañarte poco.
Seguramente que

Arlequincita ( Arle, para los amigos) dijo...

Fe de e-Rratas: Me sobró un "seguramente que", si lo necesitás, usalo, sino, dejalo en el tachito, gracias.

perdida dijo...

No entiendo eso de contar las visitas al blog porq no tengo uno. Pero estoy segura q encontrarías muchos lectores en el mundo real, seguro mas q en el virtual.
Pero si, este es el mundo del dinero, asi q esperemos q algun día lo tengas para publicar.
Al menos de esta manera los que encontramos tu blog, sea buscando palomas o fobias o lo q sea, tenemos el honor y el placer de leerte.
Saludos!

Piojosa dijo...

Como el resto, un lujo. Fijate de desocuparte un poco, no se... pasá hambre.
De verdad, muy bueno.
Saludos!

Martín dijo...

Jusamawi: Por supuesto, abolir la belleza es una tarea colosal y probablemente imposible. Eso no significa que no deban existir héroes que intenten llevarla a cabo. Y por otro lado, la belleza también tiene muchos defensores. Es complicado el asunto.

Con respecto a atraer visitantes con esperanzas vanas, es también peligroso. No hay nada peor que la decepción. Al fin y al cabo, los políticos utilizan ese recurso y no les va demasiado bien en las sociedades civilizadas.

Arlequincita y Perdida: El próximo artículo intentará explicar la ridícula práctica de contar visitantes.

¿Por qué Laura no dio pie para una pregunta que iniciara una relación? No lo sé. Nunca entendí a las mujeres. Quizás, como vos decís, no le interesaba tanto. O tal vez lo hizo y Esteban no supo interpretarla (los hombres no somos buenos para decodificar jeroglíficos femeninos sin una tabla Rosetta).

Piojosa: Yo dije que trabajo mucho, pero nunca dije que no pasara hambre. En Argentina no hay una relación directa entre trabajo y dinero.

jusamawi dijo...

Si hay algo peor que la decepción:dejar de hacer algo por temor a ella.

Anette dijo...

Martín:
Yo compraría tu libro.
PD: Prometo no volver a dejar tu blog por tanto tiempo,
A

Bea dijo...

Muy bueno, me atrapó desde el principio y me sorprendió el final.-
Abolidor como palabra me encanta.-

Martín dijo...

Bea: Te gusta 'abolidor' como palabra. ¿Y como profesión? Suena mucho más noble que contador, ¿no te parece?