lunes, 19 de enero de 2009

De las paradojas

Quizás cuando los padres de Eleuterio Mentasti le dieron su nombre, le arrebataron la posibilidad de convertirse en héroe, ya que la sociedad no tolera ninguno tan malsonante para sus próceres. Es cierto que quebrar la tradición familiar, hubiera sido motivo de peleas en medio de pan dulces, turrones y sidra, puesto que el padre, el abuelo, el bisabuelo y los primogénitos que descansaban en las ramas más altas del árbol genealógico se habían llamado de la misma forma, algunos con orgullo, otros con vergüenza. Pero una tarde, Eleuterio decidió escapar a la condena de un destino impuesto y se comportó como un valiente.

Había recibido la visita de un matrimonio amigo y los había invitado a dejarse acariciar por las sombras de una parra en su patio de baldosas blancas y negras. Cebaba mate, mientras conversaban y, cada tanto, atacaban una docena de medialunas menguantes. Eleuterio llenó el mate hasta el borde y lo dejó sobre una mesita pálida, cercano a las interminables piernas de Romina Tasara. Ella era una mujer de hermosura proverbial en el barrio, cuya belleza no podía ser apreciada, al menos no por Eleuterio, ya que se trataba de la esposa de Ernesto Amieba, su amigo de la infancia con quien había compartido infinitas cazas de renacuajos y otras aventuras de esta índole.

Romina, entretenida por la conversación, no notó que ese mate le correspondía y lo dejó enfriarse junto a sus piernas cruzadas. Fue entonces que Eleuterio, bajo unas uvas rojas y enormes, se comprometió, silencioso, a ser un héroe. Tomó ese mate frío, que no era el suyo, y lo sorbió hasta escuchar el sonido final, como trompeta de batallas victoriosas.

La conversación continuó y su hazaña pasó inadvertida, disimulada entre las facturas. Es que en la estructura mental de Eleuterio, el heroísmo sólo era concebible si el autor no obtenía una recompensa. El que recibe agradecimiento por su proeza, pensaba, el que busca la fama, no es más que un comerciante.

Así, Eleuterio dedicó su existencia a corregir los defectos e iniquidades de la creación. Comenzó a patear penales directamente a las manos de los arqueros rivales, cantó un no quiero una tarde propicia en que el azar le había deparado un as de espadas, no exigió las monedas de vuelto en el supermercado y permitió que el cajero creyera que lo había estafado, en el trabajo se hizo responsable de errores ajenos, cortejó a las mujeres menos agraciadas del barrio y facilitó a cualquier pasajero que lo aventajara en la carrera por procurarse un asiento vacío.

Una noche, paseaba erguido por la peatonal de Lavalle, coloso anónimo en medio de sus beneficiados. Pero de pronto comprobó que a pesar de todos sus esfuerzos, los transeúntes tenían caras tristes. Los porteños pasaban a su lado con sus labios en descenso hacia los costados, con la mirada flotando debajo de la frente. En ese gesto de la ciudad, Eleuterio descubrió la ineficacia de su tarea y, en busca de una solución, se internó en la tenue luminosidad de una luna sureña que se arqueaba hacia abajo.

Después de deambular por calles angostas y vacías, concluyó que la felicidad sólo existía por contraste:

- El Filósofo dijo que el placer de sacarse el grillete, sólo se siente si se ha padecido el grillete - pensó -. Por lo tanto, para hacer felices a los hombres, es necesario infligirles algún tipo de dolor.

Inmediatamente alquiló un local en la avenida Pueyrredón y comenzó a vender zapatos. Permitía que hombres, mujeres y niños eligieran los que fueran de su gusto, pero al guardarlos en la caja, los cambiaba por un par idéntico, sólo que dos o tres números más chicos. Así, en poco tiempo, los transeúntes juntaron sus cejas y caminaron, sufrientes y sincronizados por el barrio de Once, Eleuterio disfrutaba de este coro de quejidos y lamentaciones, pensando el gesto de satisfacción que esbozarían los hombres de andar tortuoso, cuando llegaran a sus hogares y pudieran deshacerse del flagelo de su calzado nuevo.

Así como la afrenta de los zapatos, llevó a cabo otro tipo de deslealtades y traiciones: con el secreto propósito de resaltar las virtudes de la comida casera, vendió comidas sumamente picantes o desabridas; para fomentar el placer de llegar a destino, prefabricó congestionamientos contratando a cientos de automovilistas de marcha lenta y despreocupada o, de noche, cambió de lugar las paradas de colectivos para imponer así el castigo de la espera vana; para destacar el placer de la comunicación, adulteró teléfonos públicos para que no realizaran llamadas ni devolvieran las monedas.

Estos actos revolucionarios fueron descubiertos. Los vecinos de Once sospecharon que estos accidentes repetidos no eran producto de la casualidad. Siguiendo pistas y rumores, lograron dar con el autor y organizaron un repudio estruendoso en las puertas de la zapatería de la avenida Pueyrredón. Eleuterio pudo escapar de milagro de la masa iracunda y se vio obligado a mudarse de barrio.

Ni el oficio de benefactor anónimo ni el de saboteador público lograron transformarlo en un héroe. Sus proezas no adornan los libros de historia, sino las páginas de la crónica policial. Eleuterio se pasea ahora por las calles del barrio de Caballito, que le abrió sus indiferentes puertas sin hacer demasiadas preguntas. Lo peor del caso es que muy remotamente Eleuterio Mentasti sospecha por qué su voluntad clamaba por heroísmo. Quizás necesitaba la aprobación de la gente, que le resultó no sólo esquiva sino contraria. O quizás necesitaba impresionar a Romina Tasara, mujer vedada por los códigos de la amistad y de la caza de renacuajos.

15 comentarios:

Martín dijo...

Piojo: Martín cumple. (Evitemos el "Evita dignifica").

perdida dijo...

Me gusta como contas tus historias.

Por que siempre los extremos? O un tarado o un hdp?? Es necesario??
Por eso no hay heroes, no por los nombres, mas bien, por los hombres..

PiojoPromiscuo dijo...

En el fondo hizo algo meritorio, auno las masas en su contra, les dio una meta, los hizo encolumnarse tras un deseo comun, no es poco. Me hace acordar a cierto morochito que hoy es muy popular y no se dentro de dos o tres años.
Martin, no cumpliste, pasaron varios Lunes sin post, se nota que sos reacio a la predesibilidad del momento en que vas a postear algo. Por lo visto detras de la fachada tanguera de tus post se oculta un revelde contestario tipo Eminem.

Martín dijo...

Perdida: Supongo que habitualmente los personajes son extremistas. Imaginate a un Aquiles, enojado porque le sacaron la esclava, que en lugar de encapricharse y negarse a seguir peleando, comprara un libro de autoayuda y lo superara; a un Romeo que decidiera perseguir a otra vecina, para evitarse problemas o a una Caperucita que pensase que cruzar el bosque es peligroso y enviara la canastita de comida por OCA.

Por otro lado, para salir de la mediocridad, hay que disparar hacia los extremos. No hay otra opción. El problema es que no se sabe hacia dónde hay que correr y a veces en un intento por emerger, nos hundimos. Acá me ves, acostumbrado a las profundidades.

Piojo: ¿Fachada tanguera? Nunca me había visto de ese modo. Pero mucho menos me siento identificado con Eminem. Aunque debo reconocer que una noche, por Telefé, me quedé viendo una película suya. No era muy distinta a una de Palíto Ortega.

Arlequincita dijo...

Es el destino de los incomprendidos. Aunque hubiera sido más fácil ir al Registro Civil y cambiarse el nombre por "Rogelio Gómez" por ejemplo, o "Esteban Quito", de aún más público conocimiento, para que se les quede en la memoria a la gente.
Después, aprender a volar no es tan fácil, pero tampoco debe ser tan difícil si Mafalda lo logró con un par de sifones atados a la espalda.

Besos pegoteosos de verano

jusamawi dijo...

La gran paradoja es que la búsqueda de la felicidad nos hace desdichados.Uno se empieza a sentir feliz en cuanto deja de buscar la felicidad.

La paradoja de Eleuterio es que los héroes para serlo han de ser anónimos.Él lo sabe bien y de esa manera actúa.Sin embargo todo lo hace para que Romina descubra al héroe que él oculta.

La paradoja de los que hacen algo bueno para los demás, es que se suelen llevar la sorpresa de que en vez de reconocimiento, encuentran rencor.No soportamos reconocer en otros aquello de lo que carecemos.

La paradoja de los que han sido felices consiste en malgastar luego su vida recordándolo.Los que nunca lo han sido detestan a los que lo son.

La paradoja de los que aman es que en muchas ocasiones acaban destruyendo lo que aman.

Volviendo a la felicidad:si existe ¿por qué nadie la encuentra? y si no existe ¿podemos decir algo sobre ella.

Feliz texto, y no me rabia admitirlo.

Claudio Gabriel Tomasello dijo...

Cumpla o no los plazos, sean o no sus personajes algo extremistas... Disfruto de sus textos.
Además está el factor sorpresa y los comentarios...
Gracias, de verdad, Martín.

perdida dijo...

Los personajes no siempre son extremistas, los tuyos si. Y me gustan tus personajes extremos.

Igual no se si para salir de la mediocridad hay que disparar hacia los extremos. Es peligroso pensar asi. Que lo piensen tus personajes, bueno, ahora cuando lo piensan los verdaderos hombres, ya me da un poco de miedo.
Mi comentario anterior se refería mas a las personas que a los personajes, porque en la realidad muchos son asi.

Y no hay que ser tan extremo para ser un héroe, los héroes pueden tener sus contradiciones a veces (lo que no le perdonaría a un héroe es querer superar sus contradicciones con un manual de autoayuda!).

Para cuándo tu libro? digo el de autoayuda..

Pau dijo...

Como siempre, excelente.

difícil la tipa dijo...

A los pibes, deberían contarles en prejardín que, para alcanzar la aprobación del otro, les van a dar una bicicleta fija.
Digo... para evitar futuros Eleuterios, sería más productivo que la historia del Payaso Plin Plin. Cuantos años de diván o personitas grises arrastrando los pies se evitarían...
Ahh!!! Me gustó mucho la historia!

Anette dijo...

Si algunos de los que me rodean supieran cuántos actos heróicos y silenciosos ejecuté en mi vida, para hacer feliz a alguien dejarían de llamarme "Anita la mala".
Pero yo prefiero el apodo que ventilar mis humildes proezas, por eso siento pena por el Eleuterio vengador.
En mi opinión, para el heroismo, no hay mejor juez que la almohada.

Excelente lo tuyo, como siempre.

Martín dijo...

Arlequincita: Lo difícil no ha de ser aprender a volar, sino conseguir un traje adecuado. Se supone que los superhéroes no quieren llamar la atención y por eso ocultan su identidad en seres tímidos y débiles, pero entonces, ¿por qué usan ropa de colores tan llamativos? ¿Qué necesidad hay de una capa?

Jusamawi: No sé si la felicidad existe o no. Pero te aseguro que no es posible encontrarla en el subte D a las 6 de la tarde. No es un mal dato. No sé si existe ni dónde está, pero al menos te puedo decir en qué lugares no deberías buscarla, al menos para no perder tiempo.

Claudio: Ah, el factor sorpresa. Algún día voy a escribir algo de él.

Perdida: Yo supongo que un libro de autoayuda no debería pasar por una imprenta. El libro de autoayuda tiene que ser manuscrito. Por lo menos, yo no estoy dispuesto a escuchar consejos de alguien que no sea completamente autosuficiente.

Pau: Como siempre, gracias.

Difícil la tipa: Te iba a contestar algo, pero me diste una idea para escribir otra cosa. Te la debo.

Anette: Sí, pero la almohada es sumamente indulgente. Hay cada turro que ronca a pierna suelta.

Anónimo dijo...

Aunque no comente, siempre estoy, te dejo un beso y te saludo genio...mariaM

Bea dijo...

Estás muy loco, pero es muy bueno lo que escribís.-
Me alucinan los finales.-

Martín dijo...

Bea: ¿Loco? No, yo hice algunos años de terapia y una profesional me dio el alta (este equivale a decir que tengo título de cuerdo). Pero si te gustan los finales, entonces no te discuto nada.