Hace ya un par de meses tuve la peregrina idea de abrir este blog. Cualquiera que haya seguido mis pasos sabe que la primera dificultad es lograr atraer a los desconocidos. En principio, uno recurre a todo tipo de métodos viles, como prometer cinco pesos por una lectura, suplicar de rodillas y mostrar un certificado médico apócrifo que asegura que uno padece toda clase de enfermedades terminales (para un hipocondríaco sostener esta mentira supone un esfuerzo y un peligro desmesurados). En medio de esa desesperada lucha por lograr visitas, también uno participa en concursos.
Ayer, me enteré de que uno de estos concursos había anunciado a sus once finalistas. Con una conexión lenta y con mucho nerviosismo, quise comprobar si Divagaciones y otras fobias había logrado tal distinción. Me interné con rapidez en el sitio The Bob’s, que siempre me resultó un poco incomprensible, quizás por propia impericia o tal vez porque hay demasiada información que no estoy dispuesto a leer. Links por arriba y por abajo, una terrible multiplicación de textos, imágenes grandes y páginas que tardan largos minutos en descargarse. Y yo (que por temor a perderme tengo tendencia a atarme a un hilo antes de ingresar en los breves laberintos previos a las vías del tren) no me siento cómodo navegando en forma circular. Cuando un sitio web me resulta confuso, me dejo guiar por mi instinto que me conduce una y otra vez hasta al punto de partida.
Investigaba, entonces, el monitor con poco éxito y el corazón acompasaba mis clics. Entiendan que no todos los días uno se enfrenta a la posibilidad del reconocimiento, la ovación o el aplauso. Sean conscientes de que, hasta ayer, el único grito de aliento que había recibido era un ‘¡boludo!’ nacido en la boca de un automovilista que me hizo notar que no había prestado atención al cruzar la calle. En realidad, sí había prestado atención, pero lo había hecho en sentido contrario, del que no podía venir ningún auto, a menos que lo hiciera a contramano.
Después de revolver ese sitio y otros, desordenando la búsqueda con el mouse, di con los nombres de los nominados. Con una mezcla de orgullo, felicidad y asombro comprobé que este blog, de apenas tres meses de edad, ha sido elegido para formar parte de los 956 sin posibilidades de alzarse con el premio. Es decir, perdí como en la guerra.
Tal vez mi reacción les resulte incomprensible. Quizás tengan ganas de sacudirme para hacerme entrar en razones. ¿Por qué parezco contento en la derrota?
Yo sé que no soy más que un personaje, adherido con fuerza al vidrio de sus pantallas. Y si algo me ha enseñado la literatura es que los únicos seres dignos de ser queridos y recordados, no son aquellos que obtienen el reconocimiento del mundo, sino los parroquianos del fracaso.
Los que luchan sabiendo que van a ganar, merecen nuestro mayor desprecio. Son meros fanfarrones que desean engalanarse con la gloria. Tampoco merecen nuestro afecto los que tienen la esperanza de ganar y el temor de perder. Ellos son simples especuladores, provistos de máquinas de calcular para descubrir cuál es el riesgo y el beneficio de toda empresa. Los verdaderos héroes, en cambio, estamos conscientes de que el destino nos depara una nueva frustración en cada esquina y con hidalguía nos lanzamos a una batalla que sabemos perdida de antemano, dispuestos a cobrar cara nuestra derrota.
Sin una palmada en el hombro, me aferro a la memoria de ustedes. Hoy no necesito otra cosa.
Ayer, me enteré de que uno de estos concursos había anunciado a sus once finalistas. Con una conexión lenta y con mucho nerviosismo, quise comprobar si Divagaciones y otras fobias había logrado tal distinción. Me interné con rapidez en el sitio The Bob’s, que siempre me resultó un poco incomprensible, quizás por propia impericia o tal vez porque hay demasiada información que no estoy dispuesto a leer. Links por arriba y por abajo, una terrible multiplicación de textos, imágenes grandes y páginas que tardan largos minutos en descargarse. Y yo (que por temor a perderme tengo tendencia a atarme a un hilo antes de ingresar en los breves laberintos previos a las vías del tren) no me siento cómodo navegando en forma circular. Cuando un sitio web me resulta confuso, me dejo guiar por mi instinto que me conduce una y otra vez hasta al punto de partida.
Investigaba, entonces, el monitor con poco éxito y el corazón acompasaba mis clics. Entiendan que no todos los días uno se enfrenta a la posibilidad del reconocimiento, la ovación o el aplauso. Sean conscientes de que, hasta ayer, el único grito de aliento que había recibido era un ‘¡boludo!’ nacido en la boca de un automovilista que me hizo notar que no había prestado atención al cruzar la calle. En realidad, sí había prestado atención, pero lo había hecho en sentido contrario, del que no podía venir ningún auto, a menos que lo hiciera a contramano.
Después de revolver ese sitio y otros, desordenando la búsqueda con el mouse, di con los nombres de los nominados. Con una mezcla de orgullo, felicidad y asombro comprobé que este blog, de apenas tres meses de edad, ha sido elegido para formar parte de los 956 sin posibilidades de alzarse con el premio. Es decir, perdí como en la guerra.
Tal vez mi reacción les resulte incomprensible. Quizás tengan ganas de sacudirme para hacerme entrar en razones. ¿Por qué parezco contento en la derrota?
Yo sé que no soy más que un personaje, adherido con fuerza al vidrio de sus pantallas. Y si algo me ha enseñado la literatura es que los únicos seres dignos de ser queridos y recordados, no son aquellos que obtienen el reconocimiento del mundo, sino los parroquianos del fracaso.
Los que luchan sabiendo que van a ganar, merecen nuestro mayor desprecio. Son meros fanfarrones que desean engalanarse con la gloria. Tampoco merecen nuestro afecto los que tienen la esperanza de ganar y el temor de perder. Ellos son simples especuladores, provistos de máquinas de calcular para descubrir cuál es el riesgo y el beneficio de toda empresa. Los verdaderos héroes, en cambio, estamos conscientes de que el destino nos depara una nueva frustración en cada esquina y con hidalguía nos lanzamos a una batalla que sabemos perdida de antemano, dispuestos a cobrar cara nuestra derrota.
Sin una palmada en el hombro, me aferro a la memoria de ustedes. Hoy no necesito otra cosa.