lunes, 15 de diciembre de 2008

De la verdad y la ficción

Fernando Ramírez cree ser descendiente de españoles. Persigue su apellido a través de las ramas de frondosos árboles genealógicos y busca tocayos en guías telefónicas. La preocupación por su origen no es una casualidad, sino que es algo impuesto por mi imaginación.

Fernando Ramírez no sabe que en su abdomen no hay un ombligo, porque su gestación no tuvo lugar en el vientre de su madre. Fernando Ramírez no es una persona de carne y hueso. Es apenas un personaje, desconocedor de su pasado y de su futuro, simplemente porque yo, su autor, me niego a que lo sepa.

Se despierta cuando suena su despertador, se cepilla los dientes con cuidado, viaja en un subte repleto y ocupa su lugar en la caja del Banco de Valores en el barrio de San Romualdo. Ni el banco ni el barrio existen realmente, pero como Fernando Ramírez no lo sabe, cumple religiosamente su horario de trabajo y regresa caminando hasta su casa, con el efímero sentimiento del deber cumplido.

Si supiera que su vida es ficcional, probablemente ensayaría actos heroicos, dramáticos, cómicos o extraordinarios. Asesinaría a una vieja; esperaría por el amor de una mujer hasta que ella le correspondiera; tardaría veinte años en volver de Troya para recuperar su destino al lado de una pasa de uva que teje y desteje; sufriría el tormento de la habitación 101; descendería al infierno para ver cómo se ajusticia a los pecadores y encerraría a su hijo en una torre, por temor de que éste lo liquidara, según el dictamen de las posiciones caprichosas de los astros.

Pero no, Fernando Ramírez no se sabe hijo de la pluma y se preocupa por tener una buena obra social, por pagar su jubilación y por mantenerse alejado del dolor.

Fernando Ramírez siempre quiso dedicarse al arte y no encerrar sus días detrás del vidrio de la pecera en la que trabaja contando dinero. Pero su educación y su concepto del mundo lo convirtieron en un ciudadano útil a la sociedad. No obstante, cada tanto se permite alguna licencia poética. Hace unas semanas, escribió en un cuaderno de notas el siguiente texto, mientras viajaba en subte, después de sentirse culpable por haberle ganado, en buena ley, el asiento a una anciana:

Evidentemente la literatura ha arruinado nuestras vidas. Si pensamos cuál es el paradigma de una historia de amor, inmediatamente pensamos en Romeo y Julieta. ¡Una historia en donde dos personas terminan muertas! ¿Es eso lo que realmente queremos para nosotros?

Se baja el telón y aplaudimos como desaforados, hasta que nos arden las manos, de pie, ¡bravo, bravo! Pero Julieta se levanta y Romeo hace lo propio para recibir el clamor del público.

Debemos distinguir la realidad de la ficción, para que nuestras existencias no se vean cercadas por la angustia. Aprendamos de Madame Bovary y de Don Quijote.


Ramiro Fernández, en cambio, es una persona de carne y hueso, pero evidentemente no lo sabe. Por algún extraño motivo busca el amor sólo donde no podrá encontrarlo. Y espera y sufre. Supone que la situación tiene que torcerse, que la paciencia lo convierte en mejor persona, que el dolor es un condimento de la felicidad futura, que si el cosmos le arrebata su recompensa, entonces le deberá una y, tarde o temprano, tendrá que llegar el día de pago. Piensa que detrás de todo acto debe esconderse una inteligencia. El concepto de azar es una aberración propia de espíritus débiles, incapaces del desciframiento, asegura mientras golpea la mesa con el puño.

Ramiro Fernández expresa lo que siente y remata con un "con la verdad no ofendo ni temo" y así provoca la furia, el desprecio y, de vez en cuando, la admiración del mundo que lo rodea.

Una vez vio cómo se le escapaba el tren en la estación José C. Paz. Sabía que si los vagones lo dejaban en el andén, debería perder cuarenta minutos de su historia, hasta que llegara el tren siguiente. Corrió con todas sus fuerzas, se tomó de la manija de metal, trastabilló y de milagro pudo arrodillarse en uno de los escalones. Así pudo llegar a tiempo a su cita y salvar su vida de milagro.

Después de la proeza del salto y de la captura del transporte, ocupó un asiento y escribió un pequeño texto, con la esperanza de la trascendencia:

Debemos intentar la hazaña. Nuestras vidas son un paréntesis en medio de la nada. La nada nos acecha al principio y al final, sólo si somos hombres extraordinarios, si nos instalamos en el recuerdo de los demás, si somos merecedores de eludir nuestra propia muerte, podremos ganar esa batalla. Lo curioso es que, muchas veces, la victoria se obtiene a través de una derrota estrepitosa.

Después de poner el punto final a sus pensamientos, miró por la ventana, muy atrás, allá a lo lejos, el andén que había abandonado con tanto peligro.

Desconocedores de nuestra condición, tanteando el concepto de persona y el de personaje, nos vemos obligados a tomar decisiones. Deberían aclararnos qué somos, para saber a qué atenernos. Por lo pronto, acá me ven, actuando como persona y viviendo como personaje.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Del alma

Algún libro de mi biblioteca sostiene que el alma de los seres humanos es un carro tirado por dos caballos de cualidades y condiciones no sólo diferentes sino también opuestas. Parece ser que uno está complicado, tratando de conducir a estos animales que no tienen ningún tipo de coordinación. Y así anda el hombre, sin posibilidad de hacer un paseo tranquilo, porque con esta yunta, cualquier viaje es un dolor de cabeza.

No obstante, tengo la teoría de que el alma de cada persona ha de ser distinta. Si no existen dos caras iguales (por lo menos no en Occidente), ¿cómo habrían de aparecer dos espíritus idénticos? Decidido a averiguar si en mi interior había o no un hipódromo, me dediqué a hacer una serie de introspecciones poco exitosa y a consultar a toda clase de eruditos en la materia.

Por correo, esta mañana me llegaron los resultados clínicos. Entre tantos números incomprensibles (sabrán que los estudios de laboratorio incluyen cifras que confunden y preocupan), pude entender la siguiente situación que se debate en mi interior.

Históricamente, mi alma era unipersonal. Había un único individuo alto, de tez blanca y profundamente fanfarrón, confiado en que su destino era la grandeza, que su nacimiento estaba signado por el triunfo y poco dispuesto a mostrar gestos humildes. Si la naturaleza es sabia, la metafísica lo es mucho más. Permitir que espíritus de estas características vivan en sociedades civilizadas es, evidentemente, un error, ya que resultarían insoportables para el resto. Por tal motivo, en cuanto mi persona entró en contacto con otras, mi alma sufrió una transformación inmediata: abandonó la soledad del soberbio para hacerse de un antagonista. De la nada (lo que no es posible en este mundo material), surgió un negrito atlético con shorts de boxeador, que soltaba golpes de puño al aire. Cuando se le acercó, distraído, el fanfarrón, el chiquito le asestó una trompada en pleno rostro y con ella, se desató el duelo pugilístico por el dominio de mi voluntad, que tiene lugar en mi Luna Park interior desde que tengo memoria.

El soberbio que hay en mí, el que cree haber nacido para llevar a cabo toda clase de hazañas, ataca en forma algo torpe, convencido de que la victoria está asegurada e inflado por el clamor de una platea escasa, pero que él considera multitudinaria. Con la guardia baja -no podía ser de otra forma- se acerca al negrito y eleva su puño por encima de su cabeza para dejarlo caer con la mayor violencia posible. El otro boxeador, el atlético, el que se sabe una persona mediocre, el que recuerda que todos vamos a morir y el que reconoce que ser olvidado es un giro inesperado de la fortuna, porque para ello es necesario ser recordado en primera instancia, esquiva el golpe, se recuesta contra las cuerdas del ring e inicia un contraataque feroz, con toda la potencia de la realidad.

El negrito golpea la cabeza, el abdomen, la mandíbula del fanfarrón. Lo hace tambalear una y otra vez, lo deja grogui y con la mirada perdida en las luces cuadradas que se suspenden muy por encima de su cabeza. Pero el soberbio no cae. Sigue ahí, de pie. Cada tanto emboca una trompada que resuena en la cabeza del negrito. Pero éste se enfurece más y lanza todo tipo de golpes con una agilidad asombrosa.

El problema de esta pelea es que cada golpe de los dos rivales me duele a mí. El fanfarrón ataca y salgo al mundo como un león, pero el negrito estampa su puño y me doy cuenta de que mis talentos son escasos. El fanfarrón se defiende y sospecho que el reconocimiento esquivo no es indicador de nada, que las masas aplauden actos aborrecibles y les dan la espalda a seres con méritos infinitos. El negrito se lanza contra su rival y caigo en cuenta de que el reconocimiento es el único parámetro que tenemos en un mundo de subjetividades y de verdades ocultas, o acaso inexistentes.

Esta pelea interna e inacabable condiciona mi historia: lo hizo cuando envié un currículum en busca de mi primer trabajo, pero también cuando me decidí a cortejar a una señorita; se hizo presente cuando me paralicé frente a una vidriera, indeciso ante la disyuntiva de llevar un jean u otro, pero también cuando alguien se me coló en la fila del cine. Se revuelve mi interior en todo momento y yo toco la campana, una y otra vez, con más y más fuerza para mandarlos a descansar a sus banquitos de madera (y descansar un poco yo). Pero los pugilistas, ensordecidos por el fragor de la batalla siguen intercambiando golpes que no cesan.

Me duelen tanto los puñetazos dados como los recibidos y ningún réferi detiene ni castiga las trompadas ilegales, porque los contendientes no han oído de nociones tan abstractas como el fair play.

Guardé los resultados del laboratorio en el mismo sobre del que los había sacado. En medio de esta contienda, en donde no hay ganador ¿no les parece juiciosa la renuncia?

sábado, 15 de noviembre de 2008

Del exilio

Ulises Bartolomé nació en el barrio de la Boca y vivió allí toda su infancia, adolescencia y parte de su juventud. Evidentemente era un ser humano, ya que compartía características con sus congéneres bípedos, pero a diferencia de éstos, había desarrollado raíces que se aferraron a su barrio de tal forma que era difícil pensar en uno sin el otro.

A veces el destino nos impone actos antinaturales. Por sadismo de los dioses o porque así lo requiere la literatura, Ulises se vio envuelto y entremezclado en un corso fatal. El carnaval era para él un tiempo de gozo, en donde el alcohol y el disfraz lo llevaban por calles conocidas, pero siempre renovadas, evitando rociadas de agua con saltos y corridas e imponiendo serpentinas y papel picado en los demás.

Esa noche, estaba vestido como El zorro. Amparado en su sombrero, cubierta su espalda con una sábana negra que había teñido de negro la noche anterior, era arrastrado por la música, las comparsas y el ímpetu de su corazón. En medio de esa alegría, se topó con Natalia Benítez, que esa noche personificaba a una geisha. A los pocos minutos, Ulises le declaraba su amor.

A la mañana siguiente, el sol se deslizó por entre las maderas de la persiana y salpicó la cara de un Zorro maltratado por una noche feliz. En ese momento, la luz lo arrebató del sueño y lo devolvió a la racionalidad. Bajo el influjo de los recuerdos, pero con la rigurosa lucidez de la mañana, Ulises entendió que debía cortar sus raíces y marcharse de la Boca para siempre.

Natalia Benítez era la novia del Rata Muñoz. Y era sabido que el Rata era poco tolerante con afrentas de este tipo e incluso con otras menores, que muchos ni siquiera considerarían afrentas. Guardó algunas prendas en un bolso (entre ellas, el sombrero con la z dibujada con tiza) y dejó que un colectivo lo cruzara al otro lado del Riachuelo.

Ulises hizo pie en el barrio de Ezpeleta y allí empezó su interminable proceso de extrañar. Se paseó por calles planas, sin escaleras, sin subidas ni bajadas, mientras consideraba que en esas llanuras de cemento no se podría templar el espíritu ni aprovechar la geografía para recibir una milimétrica pared en un partido de fútbol. Se adentró en el club y buscó un lugar donde sentarse. Cambió un par de veces de asiento, trasladando de una mesa a la otra la cerveza con maníes que había pedido, pero pronto se resignó. Ninguna silla era la adecuada. Ninguna silla parecía ser la suya.

Con el tiempo, cultivó algunas amistades que él consideraba menores. Los verdaderos amigos sólo son posibles del otro lado del Riachuelo, se decía, mientras jugaba partidos de truco con personas que le sonreían, mientras celebraban una buena mano pegándose el ancho de espadas en la frente.

Desarrolló un oficio, se casó, tuvo hijos con el sentimiento de que esta segunda vida, más allá de la Capital, le pertenecía a otro. Temía que, alguna tarde, el dueño de la historia que él estaba usurpando se hiciera presente y le reclamara la restitución.

Una noche se despertó sobresaltado. Desde la ventana podía ver una luna redonda, similar a la de la noche del último carnaval en la Boca. Había soñado que, transformado en un sapo enorme y verde, intentaba introducir su batracidad verrugosa en diferentes pozos, pero ninguno le resultaba confortable.

Los domingos, sentado en la puerta de su casa con el mate en una mano y la pava en la otra, escuchaba partidos de fútbol por la radio y le explicaba a sus hijos detalles de una Bombonera que ellos jamás habían visto (y probablemente ningún otro hombre) y los míticos goles de los que había sido testigo en ese lugar:

- El canto de la gente es ensordecedor - decía -. Cuando uno asiste a un partido, debe esperar hasta el miércoles para volver distinguir el sonido de un pájaro, porque los oídos se cierran ante semejante clamor. Imagínense, son aproximadamente dos millones de gargantas, entonando una única y resonante palabra.

Sus hijos lo miraban un poco asustados por el relato, con sus ojos redondos de sorpresa.

- Es un barrio completamente diferente.

- ¿Por qué? - le preguntaban.

- Acá hay casas y yo tomo mate en la vereda. Allá tomaba mate en el patio de un conventillo, saludando a mis vecinos y compartiendo mi tiempo con ellos.

- ¿Qué es un conventillo?

- Un conventillo es una edificación comunitaria. Es el lugar en donde vive el trabajador. Las mujeres organizan competencias entre ellas, competencias silenciosas que nadie menciona pero todos conocen. Limpian su porción del patio, sus barandas y escaleras y comparan la pulcritud de la vecina, para ver quién consigue la mayor.

Una mañana, mientras desayunaba, Ulises leía el diario y en la sección de policiales se topó con la noticia de que el Rata Muñoz había sido asesinado en una pelea. Ese infortunio le abría la posibilidad del regreso. Sin decir una palabra, se llevó un bizcocho de grasa a la boca y cerró tras de sí la puerta de su casa. Se subió a un colectivo y cruzó el puente del Riachuelo en sentido contrario, después de veinte años de espera.

El barrio estaba cambiado. El bar de la esquina lo habían transformado en un autoservicio. Cuando Ulises asomó su cabeza, sorprendido de no ver la mesa de metegol en el lugar habitual, la cajera lo miró con sus ojos estirados, desconfiando de lo que el individuo aquel quería hacer paseando su gesto incrédulo por cada una de las góndolas.

Los conventillos no mostraban esa pulcritud rememorada. Las personas en las calles eran extrañas, excepto Don Javier, que caminaba encorvado por la calle:

- ¡Don Javier! - le gritó Ulises y a Don Javier le costó mucho reconocerlo o quizás nunca lo reconoció y fingió hacerlo para que Ulises lo dejara tranquilo. Le preguntó por sus amigos de toda la vida y casi ninguno continuaba viviendo en el barrio. Se saludaron y cada uno siguió su rumbo.

Ulises llegó a la Bombonera. Casualmente ese domingo había partido. Entró, se ubicó en la tribuna y vio un encuentro mediocre que terminó 1 a 1 porque a Boca le cobraron un penal inexistente, tres minutos antes del pitazo final.

Ulises abandonó la tribuna arrastrando los pies. Tomó un colectivo y volvió a Ezpeleta a seguir extrañando la Boca, entre los desconocidos de siempre.

viernes, 7 de noviembre de 2008

10 de noviembre

Día de la tradición
es hoy pues nació José
Hernández, por lo que sé,
fue de Martín Fierro autor.
Pero otro Martín peor
nació en el setenta y tres.

El mesmo que acá les canta
y juega a ser escritor
irrumpe en su monitor
cuando así usted lo requiere,
y actualmente le sugiere:
compre ropa Christian Dior.

Disculpe, incluí un sponsor
en el medio de mi canto.
El capitalismo tanto
se extendió. Cosa sabida,
para ganarse la vida
vende su aureola hasta el santo.

Si no puede agasajarme
con lujo en mi aniversario,
pues modesto es su salario,
no se enoje ni se queje.
Sólo quiero que me deje
en el blog un comentario.

jueves, 30 de octubre de 2008

De espejos y reflejos

En un intento por lograr que estos textos le resulten agradables a un mayor número de lectores, decidí escribir un artículo múltiple (de algo tenía que servirme esto de tener muchas personalidades, disputándose constantemente el dominio de mi voluntad). Y supuse que la multiplicidad sólo era concebible a partir de los espejos. Quienes prefieran no perder tiempo en preliminares, pueden lanzarse directamente a la lectura del relato, saltear la bastardilla e internarse heroica o perezosamente en terrenos desconocidos. Aquellos que, en cambio, prefieran prepararse para la expedición, deberán leer estas instrucciones, de principio a fin.

Instrucciones para leer un texto múltiple

1) Los lectores que no tengan demasiado tiempo, podrán optar por leer sólo las palabras que están en negrita y bastardilla y continuar con sus vidas y sus asuntos personales de inmediato. Cabe aclarar que esta clase de lectores son los que se encuentran más alejados de mi estima.

2)
Los lectores que estén aburridos o estén haciendo tiempo para salir del trabajo o, si son más afortunados, encontrarse con una señorita (un señor, en su defecto) podrán leer la historia completa y, luego, seguir sólo las palabras en negrita y bastardilla.


3)
Los lectores que deseen buscar otro tipo de interpretaciones , luego de seguir al pie de la letras las sugerencias del punto 2), podrán pensar largamente en los espejos. Éstos son superficies pulidas que nos devuelven una imagen exactamente igual a nosotros, pero invertida. Hay algo que no se ajusta a la realidad en el reflejo: la derecha es la izquierda y el este es el oeste.


4) Los lectores que deseen toparse con explicaciones metafísicas deberán observar las instrucciones del punto 3) y pensar que Borges (siempre queda bien citarlo: cuando menciono su nombre en una pizzería, todos los comensales dan crédito a todo lo que digo, aunque sea una verdadera estupidez) en su libro Zoología fantástica cuenta que antiguamente el mundo de los espejos y el de la realidad estaban comunicados y uno no era copia del otro. Pero las huestes del otro lado del espejo invadieron la Tierra. El Emperador Amarillo logró vencerlos y, por medio de un conjuro, les impuso el castigo de repetir los actos originales que se producen de este lado, como si se tratara de una ensoñación. Sin embargo, es sabido que los enemigos se librarán de su letargo y atacarán nuevamente la Tierra, esta vez para vencer. Podremos conocer la inminencia de la invasión cuando encontremos diferencias en el reflejo, cuando veamos la sublevación del pez -o tal vez del tigre- y cuando logremos escuchar los estruendos de las armas.

5)
Los lectores que se sientan aburridos por tanta explicación, podrán abandonar el blog de inmediato, si es que ya no lo hicieron.


6)
Los lectores que ni siquiera hayan entrado en este blog podrán continuar con sus vidas, tal vez más felices que los condenados a leer estas palabras.


De espejos y reflejos

En Occidente nos cuesta bastante trabajo distinguir a dos orientales. Esta particularidad la conoce cualquiera que haya entrado a un supermercado y haya creído ver al mismo hombre a comienzos y a finales de una góndola. La facilidad con la que se reproducen los mismos rasgos en distintas caras nos conduce al desconcierto.

Pero, aunque normalmente no lo admiten, los nacido en Oriente también tienen dificultades para reconocerse. Es sabido que en Japón y en otros países aledaños la infidelidad no es condenada, simplemente porque a veces ocurre como producto de una confusión (nunca falta el turista que aprende el método e intenta aplicarlo en su tierra, generalmente con poco éxito). El concepto de identidad es considerado un mito por unos y una utopía por otros. Dos ojos, una nariz y una boca dispersos en un rostro de manera siempre original son considerados un derroche o una impericia de la naturaleza, que se esfuerza en hacer hermanos idénticos y fracasa, quizás por distracción.

De todas formas, existen 23 millones de peritos (en Oriente ésta es una cifra escasa), capaces de distinguir las mínimas diferencias entre dos personas. Se trata de profesionales con el metódico talento de mirar aquello que el ojo corriente no puede advertir. Generalmente trabajan en departamentos de policía, donde los identikits no tendrían ninguna utilidad si no fuera por su obstinada colaboración. El experto más eficiente de todos los tiempos se llamaba Xiao Liu y se exilió de Pekín por cuestiones de honor, según repetía con gesto melancólico a todo aquel que se lo preguntaba, mientras permitía que su atención se perdiera en el recuerdo y se negaba a dar más detalles:

- De mi país, sólo traje el presente. Mi pasado se quedó en China.

Se instaló en el porteño barrio de Flores, cuyo nombre le resultó siempre impronunciable hasta tal punto que en alguna ocasión se guardó dos flores en sus bolsillos, para mostrárselas a los taxistas y así indicarles, con menor esfuerzo, hasta qué barrio necesitaba ser transportado.

Con sus propias manos edificó un modesto supermercado con una habitación, una cocina y un baño en la planta alta. Los ambientes eran sumamente oscuros y húmedos, pero después de colgarles unas cortinas rojas con ideogramas amarillos, comenzó a llamarlos 'mi nuevo hogar'.

Su arte y sus destrezas no sirvieron de mucho en tierras de rostros obscenamente diferentes. Distinguir a Ecuménico de su gemelo era una tarea simple, porque Ecuménico, a diferencia de su hermano, había perdido el pelo con notable celeridad, lo que, a los ojos estirados de Xiao Liu, demostraba que el problema de la calvicie no era genético, sino de índole moral:

- Los pelados son personas inescrupulosas - afirmaba con sabiduría.
- ¡Eso incluiría al 70% de la población masculina! - le retrucaban personas de cabelleras exiguas.
- Por supuesto - sentenciaba Xiao Liu.

Una mañana, el despertador sonó con la naturalidad de siempre y el perito devenido en supermercadista, caminó los acostumbrados diecisiete pasos que separaban su habitación del baño. Se acomodó frente al botiquín mientras empuñaba el cepillo de dientes y conoció por primera vez el espanto. Cientos de diferencias le saltaban de la cara y Xiao Liu no pudo entender quién era ese extraño que lo contemplaba, con un horror semejante al suyo, pero completamente distinto.

Clausuró puertas y ventanas y se quedó agazapado en la oscuridad, después de destruir el espejo y correr a su habitación.

Los días pasaron y los vecinos del barrio de Flores, necesitados de leche y galletitas, se congregaron en la puerta del supermercado. Golpearon la cortina, pero no obtuvieron respuesta alguna.

El rumor del misterioso caso se difundió con rapidez y se instaló en lugares disímiles como el Centro Argentino de Yoga Yin y Yang. Sus miembros decidieron tomar cartas en el asunto e irrumpieron en el departamento de Xiao Liu. Primero se encomendaron al sol e inmediatamente después rompieron la puerta con un hacha. Lo encontraron acurrucado en un rincón. Hablaron con él e intentaron hacerlo entrar en razones. Le explicaron que el espejo siempre devolvía diferencias, pero no por malignidad, sino porque el tiempo nos imponía transformaciones. Novedosas arrugas surcaban nuestras caras, el pelo perdía su color, nuestros movimientos se volvía lentos y torpes y nuestra voz perdía su firmeza.

Xiao Liu reflexionó unos instantes. Hizo una pausa, en apariencia, interminable y finalmente se puso de pie. El presidente del centro de yoga lo contemplaba, satisfecho, hasta que el oriental se arrojó sobre él y sobre toda su comitiva, con una violencia inusitada, para expulsarlos de su departamento, al grito de que la revelación de ellos era mil veces más aterradora que la idea de que una imagen desconocida hubiera usurpado el lugar de su reflejo:

- ¡Ninguna noticia podría ser peor! - vociferó, mientras los practicantes de yoga intentaban lanzarse escaleras abajo, para ganar la calle y ponerse a salvo de la furia de Xiao Liu -. ¡La suplantación era horrorosa, pero tenía remedio! ¡El paso del tiempo, en cambio, es una fatalidad! ¡Monstruos! ¡Monstruos!

Xiao Liu jamás volvió a abandonar su habitación y, al poco tiempo, el barrio y el mundo entero terminaron olvidándose de él.

martes, 28 de octubre de 2008

Un nuevo premio

Hace ya un par de meses tuve la peregrina idea de abrir este blog. Cualquiera que haya seguido mis pasos sabe que la primera dificultad es lograr atraer a los desconocidos. En principio, uno recurre a todo tipo de métodos viles, como prometer cinco pesos por una lectura, suplicar de rodillas y mostrar un certificado médico apócrifo que asegura que uno padece toda clase de enfermedades terminales (para un hipocondríaco sostener esta mentira supone un esfuerzo y un peligro desmesurados). En medio de esa desesperada lucha por lograr visitas, también uno participa en concursos.

Ayer, me enteré de que uno de estos concursos había anunciado a sus once finalistas. Con una conexión lenta y con mucho nerviosismo, quise comprobar si Divagaciones y otras fobias había logrado tal distinción. Me interné con rapidez en el sitio The Bob’s, que siempre me resultó un poco incomprensible, quizás por propia impericia o tal vez porque hay demasiada información que no estoy dispuesto a leer. Links por arriba y por abajo, una terrible multiplicación de textos, imágenes grandes y páginas que tardan largos minutos en descargarse. Y yo (que por temor a perderme tengo tendencia a atarme a un hilo antes de ingresar en los breves laberintos previos a las vías del tren) no me siento cómodo navegando en forma circular. Cuando un sitio web me resulta confuso, me dejo guiar por mi instinto que me conduce una y otra vez hasta al punto de partida.

Investigaba, entonces, el monitor con poco éxito y el corazón acompasaba mis clics. Entiendan que no todos los días uno se enfrenta a la posibilidad del reconocimiento, la ovación o el aplauso. Sean conscientes de que, hasta ayer, el único grito de aliento que había recibido era un ‘¡boludo!’ nacido en la boca de un automovilista que me hizo notar que no había prestado atención al cruzar la calle. En realidad, sí había prestado atención, pero lo había hecho en sentido contrario, del que no podía venir ningún auto, a menos que lo hiciera a contramano.

Después de revolver ese sitio y otros, desordenando la búsqueda con el mouse, di con los nombres de los nominados. Con una mezcla de orgullo, felicidad y asombro comprobé que este blog, de apenas tres meses de edad, ha sido elegido para formar parte de los 956 sin posibilidades de alzarse con el premio. Es decir, perdí como en la guerra.

Tal vez mi reacción les resulte incomprensible. Quizás tengan ganas de sacudirme para hacerme entrar en razones. ¿Por qué parezco contento en la derrota?

Yo sé que no soy más que un personaje, adherido con fuerza al vidrio de sus pantallas. Y si algo me ha enseñado la literatura es que los únicos seres dignos de ser queridos y recordados, no son aquellos que obtienen el reconocimiento del mundo, sino los parroquianos del fracaso.

Los que luchan sabiendo que van a ganar, merecen nuestro mayor desprecio. Son meros fanfarrones que desean engalanarse con la gloria. Tampoco merecen nuestro afecto los que tienen la esperanza de ganar y el temor de perder. Ellos son simples especuladores, provistos de máquinas de calcular para descubrir cuál es el riesgo y el beneficio de toda empresa. Los verdaderos héroes, en cambio, estamos conscientes de que el destino nos depara una nueva frustración en cada esquina y con hidalguía nos lanzamos a una batalla que sabemos perdida de antemano, dispuestos a cobrar cara nuestra derrota.

Sin una palmada en el hombro, me aferro a la memoria de ustedes. Hoy no necesito otra cosa.

viernes, 24 de octubre de 2008

Algo de mi familia

Mi edad y mis circunstancias me dejaron sin un día especial. Ya estoy grande para celebrar el día del niño; no tengo hijos, por lo que no festejo el día del padre y, entre cambios y resignaciones, me fui quedando sin una fecha digna de ser esperada o recordada.

No obstante, nací un 10 de noviembre y, una vez por año, algunas personas leen mi nombre en sus agendas y me dedican un llamado telefónico. Otros, más osados, se acercan y me tiran de las orejas (costumbre objetable y totalmente injustificada que quizás existe para compensar la bronca de quienes se vieron obligados a gastar su dinero en un regalo).

Es cierto que mi cumpleaños me deprime desde los once años. Pero, a pesar de eso, en el almanaque la fecha me resulta extraordinaria. Bueno, al menos hasta hace tres años.

Mi hermana estaba esperando a su hija para el mes de diciembre. Sin embargo, una mañana los médicos decidieron adelantar ese nacimiento y hacerlo coincidir con el mío. Suceso extraño, si tenemos en cuenta que había 364 opciones diferentes. Podrán imaginarse que la escena de un tipo de treinta y pico soplando una velita es bastante menos atractiva que la de una nena que mide menos de un metro haciendo la misma operación. Por eso, primero se le canta el feliz cumpleaños a ella y sólo entonces se concentran en mí, vuelven a encender la velita y arranca la desafinación conjunta. Hace tres años que mis velas son usadas y color rosa.

Me arrebataron mi infancia, mi condición de estudiante y también mi nacimiento. Estoy pensando en dedicarme a las abejas, que son previsibles. Hacen miel y no traen mayores complicaciones. Entran y salen del panal. Así de sencillo.

¿Alguien sabe cuándo es el día del apicultor?