jueves, 29 de enero de 2009

De los héroes y las hazañas del sur

Tiburcio Cristóbal Olitakis era una persona de pocas palabras. Muchas veces exponía una idea con un gesto simple y elocuente. Se autodenominaba un hombre de acción y quizás por eso no se habría resistido a que lo llamáramos por sus iniciales.

T.C.O. era dueño de la carnicería La cretense, ubicada en Villa Pueyrredón, en medio de una docena de edificaciones bajas. La mañana en la que encontraría su muerte, durante el desayuno, llevó a cabo un minucioso e infrecuente relato de su tarde anterior.

- ¿Está lista el agua, Adriana?
- Sí.
- Traela que yo cebo.

Adriana le alcanzó un termo y una bolsa de nylon con unos bizcochitos de grasa y T.C.O. llevó a cabo el acostumbrado ritual de sacudir el mate y derramar un chorro humeante en su interior, para que la yerba luciera un efímero techo de espuma.

Adriana escondía un espíritu dócil debajo de un aspecto fuerte. Cuando T.C.O. hablaba, ella sabía escucharlo, y condimentaba los almuerzos con palabras, cuando su esposo se hallaba taciturno. Esa mañana, ofreció su oído para que T.C.O. le contara que el día anterior había tenido que pedir prestada una escalera al ferretero Gutiérrez, para arreglar el caño que sostenía las reses y que había caído al suelo, en medio de un estruendo ahuyentador de clientes:

- Se partió por la mitad y toda la carne se desparramó por todo el negocio.
- ¿Pero por qué se rompió? ¿Lo cargaste mucho?
- No sé. No más de lo acostumbrado. Pero el caño es viejo y estaba bastante arqueado.
- ¿Y cómo lo arreglaste?
- No, no lo arreglé. No se puede. Lo reemplacé con una soga que tenía en el fondo. Recién el sábado voy a tener tiempo de ir con la camioneta a comprar un caño nuevo, pero por ahora, las reses penden de un hilo. Espero que el caño nuevo no salga muy caro.

T.C.O. se quedó mirando la bombilla, hasta que dijo:

- Justo cuando estaba parado sobre la escalera, tironeando de la soga que parecía corta, entró un gringo a comprar asado, en su media lengua.

El gringo era un inglés que había aterrizado en suelo porteño para visitar a su hermano, que vivía en una casa lujosa en el barrio de San Isidro. Al día siguiente se reencontrarían en un jardín diariamente cuidado por tijeras correctoras y después de cinco años de llamados telefónicos distantes, celebrarían el verse el uno al otro, con un asado pampeano y unos cuantos vinos mendocinos. El extranjero había insistido en la calidad de la carne y T.C.O. después de descolgarse del techo, le había ofrecido unas costillas filosas, rodeadas de carne apenas corrompida por una sutil línea de grasa.

- Mi hermano me dijo yo debo ir a San Isidro por el avenida Cabildo - tropezaba la lengua del inglés con la gramática -. ¿Pero debo ir al este o al oeste?

- No sé, tiene que ir hacia arriba.

- ¿Hacia arriba?

- Sí, hacia la provincia.

El inglés lo miró asombrado unos segundos. T.C.O. intentó en vano recordar por dónde salía el sol, para deducir dónde se encontraba el oriente. Entonces se dio cuenta de que si uno seguía derecho por Cabildo, desembocaba en Vicente López y Vicente López era la Zona Norte:

- Hacia el norte. Tiene que ir hacia el norte - dijo, con un gesto de victoria.

- No es posible. Cabildo corre de este a oeste.

- No, Cabildo va de norte a sur. Vicente López, Olivos, San Isidro están al norte de la Capital.

- No, usted es equivocado.

T.C.O. se sintió algo molesto:

- Mire, Don, yo nací acá, conozco las calles y sé el camino. Si usted es el que está perdido, por lo menos créame lo que le digo.

- Espera para mí uno momento - dijo el inglés. Salió de la carnicería y regresó con un plano de Buenos Aires que desplegó sobre el mostrador.

- Mire la mapa.

Adriana le devolvió el mate a T.C.O. y esperó la conclusión del relato, mientras introducía su mano por encima de la muralla de nylon de los bizcochitos de grasa.

- Tuve que reconocer que estaba equivocado - le dijo T.C.O. a su esposa -. La Zona Norte no es la Zona Norte. Es la Zona Noroeste. Y la Zona Sur no es la Zona Sur. Es la Zona Sureste. Al norte está la costanera y casi ninguna calle corre a su encuentro.
¿Te das cuenta, Adriana? Buenos Aires es una ciudad que le da la espalda al Río de la Plata. Lo tenemos a metros y dejamos que lo visiten apenas unos pocos pescadores los fines de semana. Pero eso no es lo peor. Estamos desorientados. Indiferentes a las profundidades y perdidos en nuestra propia casa. Llamamos norte al oeste y sur al este. ¿Cómo podrá reencausar el rumbo nuestro pueblo, en medio de este laberinto de palabras engañosas?
En este hemisferio, las cosas ocurren por azar o porque sí. Nuestros héroes son la consecuencia indeseada de un accidente. Por eso estamos como estamos - sentenció, mientras atacaba el último bizcocho de grasa y se ponía de pie, para ir a la carnicería.

No recuerdo bien si al día siguiente, pudo leerse en la primera página de un diario que la Junta Militar había iniciado el Proceso de Recomposición Nacional o que distintas investigaciones daban cuenta de un caso de corrupción en el Senado o que los responsables del secuestro, tortura y desaparición de miles de personas quedaban en libertad o que el índice de pobreza y desnutrición había aumentado en los últimos años. Pero sé que en el interior de ese mismo diario, en la sección policial, pudo leerse el siguiente artículo.

Carnicero muere aplastado.
Un trágico accidente dio fin a la vida de Tiburcio Cristóbal Olitakis (45), propietario de una carnicería en el barrio de Villa Pueyrredón. Según fuentes policiales, por causas aún desconocidas el carnicero habría colgado las reses de una soga que se cortó, ante el peso de la carne. Las reses se demoronaron sobre el cuerpo de Olitakis que quedó atrapado y sin aire y pudo haber muerto por la contusión misma o por asfixia, hecho que será develado cuando finalicen las pericias médicas.
El accidente fue descubierto por Federico Gutiérrez, propietario de la ferretería lindera, que se acercó a la carnicería para pedirle a Olitakis la devolución de una escalera que le había prestado la tarde anterior. Inmediatamente dio parte a la Policía y telefoneó a un servicio de emergencias médicas, pero cuando la ambulancia acudió, el carnicero ya había fallecido [...]

lunes, 19 de enero de 2009

De las paradojas

Quizás cuando los padres de Eleuterio Mentasti le dieron su nombre, le arrebataron la posibilidad de convertirse en héroe, ya que la sociedad no tolera ninguno tan malsonante para sus próceres. Es cierto que quebrar la tradición familiar, hubiera sido motivo de peleas en medio de pan dulces, turrones y sidra, puesto que el padre, el abuelo, el bisabuelo y los primogénitos que descansaban en las ramas más altas del árbol genealógico se habían llamado de la misma forma, algunos con orgullo, otros con vergüenza. Pero una tarde, Eleuterio decidió escapar a la condena de un destino impuesto y se comportó como un valiente.

Había recibido la visita de un matrimonio amigo y los había invitado a dejarse acariciar por las sombras de una parra en su patio de baldosas blancas y negras. Cebaba mate, mientras conversaban y, cada tanto, atacaban una docena de medialunas menguantes. Eleuterio llenó el mate hasta el borde y lo dejó sobre una mesita pálida, cercano a las interminables piernas de Romina Tasara. Ella era una mujer de hermosura proverbial en el barrio, cuya belleza no podía ser apreciada, al menos no por Eleuterio, ya que se trataba de la esposa de Ernesto Amieba, su amigo de la infancia con quien había compartido infinitas cazas de renacuajos y otras aventuras de esta índole.

Romina, entretenida por la conversación, no notó que ese mate le correspondía y lo dejó enfriarse junto a sus piernas cruzadas. Fue entonces que Eleuterio, bajo unas uvas rojas y enormes, se comprometió, silencioso, a ser un héroe. Tomó ese mate frío, que no era el suyo, y lo sorbió hasta escuchar el sonido final, como trompeta de batallas victoriosas.

La conversación continuó y su hazaña pasó inadvertida, disimulada entre las facturas. Es que en la estructura mental de Eleuterio, el heroísmo sólo era concebible si el autor no obtenía una recompensa. El que recibe agradecimiento por su proeza, pensaba, el que busca la fama, no es más que un comerciante.

Así, Eleuterio dedicó su existencia a corregir los defectos e iniquidades de la creación. Comenzó a patear penales directamente a las manos de los arqueros rivales, cantó un no quiero una tarde propicia en que el azar le había deparado un as de espadas, no exigió las monedas de vuelto en el supermercado y permitió que el cajero creyera que lo había estafado, en el trabajo se hizo responsable de errores ajenos, cortejó a las mujeres menos agraciadas del barrio y facilitó a cualquier pasajero que lo aventajara en la carrera por procurarse un asiento vacío.

Una noche, paseaba erguido por la peatonal de Lavalle, coloso anónimo en medio de sus beneficiados. Pero de pronto comprobó que a pesar de todos sus esfuerzos, los transeúntes tenían caras tristes. Los porteños pasaban a su lado con sus labios en descenso hacia los costados, con la mirada flotando debajo de la frente. En ese gesto de la ciudad, Eleuterio descubrió la ineficacia de su tarea y, en busca de una solución, se internó en la tenue luminosidad de una luna sureña que se arqueaba hacia abajo.

Después de deambular por calles angostas y vacías, concluyó que la felicidad sólo existía por contraste:

- El Filósofo dijo que el placer de sacarse el grillete, sólo se siente si se ha padecido el grillete - pensó -. Por lo tanto, para hacer felices a los hombres, es necesario infligirles algún tipo de dolor.

Inmediatamente alquiló un local en la avenida Pueyrredón y comenzó a vender zapatos. Permitía que hombres, mujeres y niños eligieran los que fueran de su gusto, pero al guardarlos en la caja, los cambiaba por un par idéntico, sólo que dos o tres números más chicos. Así, en poco tiempo, los transeúntes juntaron sus cejas y caminaron, sufrientes y sincronizados por el barrio de Once, Eleuterio disfrutaba de este coro de quejidos y lamentaciones, pensando el gesto de satisfacción que esbozarían los hombres de andar tortuoso, cuando llegaran a sus hogares y pudieran deshacerse del flagelo de su calzado nuevo.

Así como la afrenta de los zapatos, llevó a cabo otro tipo de deslealtades y traiciones: con el secreto propósito de resaltar las virtudes de la comida casera, vendió comidas sumamente picantes o desabridas; para fomentar el placer de llegar a destino, prefabricó congestionamientos contratando a cientos de automovilistas de marcha lenta y despreocupada o, de noche, cambió de lugar las paradas de colectivos para imponer así el castigo de la espera vana; para destacar el placer de la comunicación, adulteró teléfonos públicos para que no realizaran llamadas ni devolvieran las monedas.

Estos actos revolucionarios fueron descubiertos. Los vecinos de Once sospecharon que estos accidentes repetidos no eran producto de la casualidad. Siguiendo pistas y rumores, lograron dar con el autor y organizaron un repudio estruendoso en las puertas de la zapatería de la avenida Pueyrredón. Eleuterio pudo escapar de milagro de la masa iracunda y se vio obligado a mudarse de barrio.

Ni el oficio de benefactor anónimo ni el de saboteador público lograron transformarlo en un héroe. Sus proezas no adornan los libros de historia, sino las páginas de la crónica policial. Eleuterio se pasea ahora por las calles del barrio de Caballito, que le abrió sus indiferentes puertas sin hacer demasiadas preguntas. Lo peor del caso es que muy remotamente Eleuterio Mentasti sospecha por qué su voluntad clamaba por heroísmo. Quizás necesitaba la aprobación de la gente, que le resultó no sólo esquiva sino contraria. O quizás necesitaba impresionar a Romina Tasara, mujer vedada por los códigos de la amistad y de la caza de renacuajos.

viernes, 2 de enero de 2009

De los blogs

A Roberto Farías le gustaba la palabra berenjena. Sin embargo, no soportaba esta verdura aunque estuviera escondida en pan rallado, disimulada en medio de una milanesa. Por el contrario, odiaba la palabra blogger. No obstante, se convirtió en uno la misma tarde en que decidió volcar sus módicas aspiraciones literarias en Internet.

Estaba convencido de que toda empresa terrestre o celeste destinada a la trascendencia debía contar con un antagonista:

- Desde que Adán se sintió interesado por el negocio de la fruta, ya había una serpiente enroscándose entre sus palabras para incitarlo a la desobediencia - comentaba en mesas de café.

Roberto Farías creía entender el movimiento cósmico y ser lo suficientemente astuto como para no oponerse a él. Por eso, antes de decidir el nombre de su blog, ya sabía que Casimiro Rosende sería su enemigo acérrimo, nacido de su propia imaginación con el único fin de refutar torpemente cada una de sus ideas.

Por estas cuestiones de la psicología o de la metafísica, Roberto tuvo un comentarista antes de hacer el primer comentario y sonrió, pensando que en rigor el tiempo era una ilusión y que visto desde la eternidad, un reloj no era más que el producto aberrante de este gigantesco manicomio en que vivimos, donde los internos están dispuestos a contabilizar la vida con fines comercial.

También creía ser buen observador de la realidad. En su primer artículo criticó duramente a una secta a la que denominó los preventores. He aquí algunos pasajes de su prosa:

[...] Los preventores son un grupo de individuos que promueve catástrofes en su afán de evitarlas. [...] Se trata de personas que recomiendan no tener miedo a los perros, ya que los simpáticos canes tienen la capacidad olfativa de advertirlo, pero lo confunden (porque no son tan vivos; al fin de cuentas, son perros) con la planificación de una emboscada. Estos animales al ver a un tipo temblando, sospechan que se viene un golpe artero y como también suponen, quizás con razón, que no hay mejor defensa que un buen ataque, se lanzan sobre los brazos, piernas o cuellos de sus supuestos agresores, quienes, en rigor, no hicieron más que destilar adrenalina por unos segundos.

¿Pero a quién puede servirle el consejo de desterrar el miedo? El temor no es un acto voluntario. Es una emoción que surge a nuestro pesar. Aunque fuera verdad el cuento de que los perros tienen, además de dentaduras filosas, la inaudita capacidad de advertir el miedo, los preventores cumplirían mejor su misión llamándose a silencio y acallando estos comentarios zoológicos, más propicios para completar las páginas de la revista de la National Geographic que para tranquilizar a un incauto.


Inmediatamente después de publicar estas ideas, Roberto se transformó en Casimiro y con animosidad belicosa ingresó en el blog para refutar estos conceptos. Casimiro tenía dedos filosos. Cuando saltaban sobre el teclado, se volvían sarcásticos e hirientes. En pocas líneas expuso por qué los preventores eran útiles a la sociedad y desestimó las consideraciones de Roberto. He aquí algunos pasajes de su refutación:

[...]Todo conocimiento se alcanza por medio de la imitación. El estudiante de medicina no opera a un tipo el primer día de clases. Hace simulacros, ensaya y después de muchos años, bisturí en mano, salva una vida o ejerce la corrección de una cirugía estética. El cobarde puede aprender la valentía sometiéndose a actos de arrojo. Si vence el miedo una y otra vez, conseguirá convertirlo en un rival débil .[...]

Usted mismo, mi querido Roberto, si continúa escribiendo esta clase de comentarios torpes, es probable que se termine convirtiendo en un perfecto idiota.

La idea de Roberto pareció dar resultado. Atraídos por la violencia de los comentarios, los lectores y acotadores no tardaron en aparecer. Lo curioso del asunto, es que la beligerancia de Casimiro ganó más adeptos que la pacífica escritura del único y verdadero autor. La gente apoyó las refutaciones con fervor, defendió los conceptos del agresor y agregó nuevos argumentos, cuando no insultos, destinados a Roberto, quien se sonrió ante este hecho inesperado y decidió torcer la balanza a su favor.

Los artículos posteriores intentaron ser más elocuentes y los comentarios de Casimiro empezaron a mostrar falacias evidentes, constantes absurdos y afirmaciones discriminatorias e intolerantes. Roberto intentaba convertir a Casimiro en un ser despreciable, pero había algo en su escritura que resultaba convincente y los lectores siguieron apoyando sus conceptos y disimulando cada una de las atrocidades vertidas.

La popularidad de Casimiro se magnificaba día a día. Sus seguidores comenzaron a recomendarle que escribiera un blog propio al que visitarían con frecuencia. Roberto, entonces, tomó una medida drástica. Dejó de personificar a Casimiro y, de esa forma, lo amordazó. Sin alma, el personaje no era más que una marioneta echada en un armario viejo. Inmediatamente después, de este secuestro, escribió un artículo sin refutaciones de terceros ni de primeros. Al cabo de pocos días, los comentaristas dejaron leer su desconfianza. No le prestaron atención al artículo y empezaron a elaborar consideraciones acerca de la suerte de Casimiro, que había desaparecido de un día para el otro, sin dejar rastros. ¿Le habrá pasado algo? ¿Alguien sabe algo de él? La ausencia de Casimiro lo hacía aún más renombrado. Todos estaban preocupados e intentaban adivinar el paradero de ese desconocido tan familiar. Estas fueron las especulaciones que pudieron leerse.

- Para mí que lo están baneando - explicó uno.

- ¿Qué es banear? - preguntó otro, no tan al tanto de los neologismos cibernéticos.

- Es prohibirle hacer comentarios - agregó el primero - mediante un recurso de computadoras. Roberto no pudo soportar la polémica y en lugar de tener una actitud democrática, decidió librarse de su oponente.

- No, yo no lo baneé. Casimiro puede escribir cuando quiera - agregó Roberto, aunque sabía que se trataba de una verdad a medias. - Si no lo hace, es por su propia voluntad.

- ¡Mentira! - le respondieron -. Si no, Casimiro seguiría apareciendo. No podés soportar que sea más inteligente que vos y decidiste eliminarlo.

- Nada puede crear algo mayor a sí mismo. El producto no puede ser más grande que se hacedor, por definición - replicó Roberto, para dar por terminada la discusión.

- ¡No es imposible! ¡Dios ha muerto y los autores también! Firmado: Casimiro.

Grande fue la sorpresa de todos al volver a ver al comentarista, pero ninguna fue tan grande como la de Roberto. Él no había escrito esas palabras, que fueron las últimas de oponente.

Roberto siguió publicando artículos, pero los comentarios, siempre relativos a su rival, se fueron haciendo cada vez más escasos, hasta extinguirse definitivamente. Cada tanto Roberto visita su propio blog, con la esperanza de encontrar alguna respuesta de su contrincante, pero esta le resulta esquiva. Le tiende trampas a Casimiro, le escribe artículos tendenciosos, para obligarlo a oponerse. Ataca la fibra más sensible de su ser, lo desafía para que abandone su silencio, pero es inútil.

lunes, 15 de diciembre de 2008

De la verdad y la ficción

Fernando Ramírez cree ser descendiente de españoles. Persigue su apellido a través de las ramas de frondosos árboles genealógicos y busca tocayos en guías telefónicas. La preocupación por su origen no es una casualidad, sino que es algo impuesto por mi imaginación.

Fernando Ramírez no sabe que en su abdomen no hay un ombligo, porque su gestación no tuvo lugar en el vientre de su madre. Fernando Ramírez no es una persona de carne y hueso. Es apenas un personaje, desconocedor de su pasado y de su futuro, simplemente porque yo, su autor, me niego a que lo sepa.

Se despierta cuando suena su despertador, se cepilla los dientes con cuidado, viaja en un subte repleto y ocupa su lugar en la caja del Banco de Valores en el barrio de San Romualdo. Ni el banco ni el barrio existen realmente, pero como Fernando Ramírez no lo sabe, cumple religiosamente su horario de trabajo y regresa caminando hasta su casa, con el efímero sentimiento del deber cumplido.

Si supiera que su vida es ficcional, probablemente ensayaría actos heroicos, dramáticos, cómicos o extraordinarios. Asesinaría a una vieja; esperaría por el amor de una mujer hasta que ella le correspondiera; tardaría veinte años en volver de Troya para recuperar su destino al lado de una pasa de uva que teje y desteje; sufriría el tormento de la habitación 101; descendería al infierno para ver cómo se ajusticia a los pecadores y encerraría a su hijo en una torre, por temor de que éste lo liquidara, según el dictamen de las posiciones caprichosas de los astros.

Pero no, Fernando Ramírez no se sabe hijo de la pluma y se preocupa por tener una buena obra social, por pagar su jubilación y por mantenerse alejado del dolor.

Fernando Ramírez siempre quiso dedicarse al arte y no encerrar sus días detrás del vidrio de la pecera en la que trabaja contando dinero. Pero su educación y su concepto del mundo lo convirtieron en un ciudadano útil a la sociedad. No obstante, cada tanto se permite alguna licencia poética. Hace unas semanas, escribió en un cuaderno de notas el siguiente texto, mientras viajaba en subte, después de sentirse culpable por haberle ganado, en buena ley, el asiento a una anciana:

Evidentemente la literatura ha arruinado nuestras vidas. Si pensamos cuál es el paradigma de una historia de amor, inmediatamente pensamos en Romeo y Julieta. ¡Una historia en donde dos personas terminan muertas! ¿Es eso lo que realmente queremos para nosotros?

Se baja el telón y aplaudimos como desaforados, hasta que nos arden las manos, de pie, ¡bravo, bravo! Pero Julieta se levanta y Romeo hace lo propio para recibir el clamor del público.

Debemos distinguir la realidad de la ficción, para que nuestras existencias no se vean cercadas por la angustia. Aprendamos de Madame Bovary y de Don Quijote.


Ramiro Fernández, en cambio, es una persona de carne y hueso, pero evidentemente no lo sabe. Por algún extraño motivo busca el amor sólo donde no podrá encontrarlo. Y espera y sufre. Supone que la situación tiene que torcerse, que la paciencia lo convierte en mejor persona, que el dolor es un condimento de la felicidad futura, que si el cosmos le arrebata su recompensa, entonces le deberá una y, tarde o temprano, tendrá que llegar el día de pago. Piensa que detrás de todo acto debe esconderse una inteligencia. El concepto de azar es una aberración propia de espíritus débiles, incapaces del desciframiento, asegura mientras golpea la mesa con el puño.

Ramiro Fernández expresa lo que siente y remata con un "con la verdad no ofendo ni temo" y así provoca la furia, el desprecio y, de vez en cuando, la admiración del mundo que lo rodea.

Una vez vio cómo se le escapaba el tren en la estación José C. Paz. Sabía que si los vagones lo dejaban en el andén, debería perder cuarenta minutos de su historia, hasta que llegara el tren siguiente. Corrió con todas sus fuerzas, se tomó de la manija de metal, trastabilló y de milagro pudo arrodillarse en uno de los escalones. Así pudo llegar a tiempo a su cita y salvar su vida de milagro.

Después de la proeza del salto y de la captura del transporte, ocupó un asiento y escribió un pequeño texto, con la esperanza de la trascendencia:

Debemos intentar la hazaña. Nuestras vidas son un paréntesis en medio de la nada. La nada nos acecha al principio y al final, sólo si somos hombres extraordinarios, si nos instalamos en el recuerdo de los demás, si somos merecedores de eludir nuestra propia muerte, podremos ganar esa batalla. Lo curioso es que, muchas veces, la victoria se obtiene a través de una derrota estrepitosa.

Después de poner el punto final a sus pensamientos, miró por la ventana, muy atrás, allá a lo lejos, el andén que había abandonado con tanto peligro.

Desconocedores de nuestra condición, tanteando el concepto de persona y el de personaje, nos vemos obligados a tomar decisiones. Deberían aclararnos qué somos, para saber a qué atenernos. Por lo pronto, acá me ven, actuando como persona y viviendo como personaje.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Del alma

Algún libro de mi biblioteca sostiene que el alma de los seres humanos es un carro tirado por dos caballos de cualidades y condiciones no sólo diferentes sino también opuestas. Parece ser que uno está complicado, tratando de conducir a estos animales que no tienen ningún tipo de coordinación. Y así anda el hombre, sin posibilidad de hacer un paseo tranquilo, porque con esta yunta, cualquier viaje es un dolor de cabeza.

No obstante, tengo la teoría de que el alma de cada persona ha de ser distinta. Si no existen dos caras iguales (por lo menos no en Occidente), ¿cómo habrían de aparecer dos espíritus idénticos? Decidido a averiguar si en mi interior había o no un hipódromo, me dediqué a hacer una serie de introspecciones poco exitosa y a consultar a toda clase de eruditos en la materia.

Por correo, esta mañana me llegaron los resultados clínicos. Entre tantos números incomprensibles (sabrán que los estudios de laboratorio incluyen cifras que confunden y preocupan), pude entender la siguiente situación que se debate en mi interior.

Históricamente, mi alma era unipersonal. Había un único individuo alto, de tez blanca y profundamente fanfarrón, confiado en que su destino era la grandeza, que su nacimiento estaba signado por el triunfo y poco dispuesto a mostrar gestos humildes. Si la naturaleza es sabia, la metafísica lo es mucho más. Permitir que espíritus de estas características vivan en sociedades civilizadas es, evidentemente, un error, ya que resultarían insoportables para el resto. Por tal motivo, en cuanto mi persona entró en contacto con otras, mi alma sufrió una transformación inmediata: abandonó la soledad del soberbio para hacerse de un antagonista. De la nada (lo que no es posible en este mundo material), surgió un negrito atlético con shorts de boxeador, que soltaba golpes de puño al aire. Cuando se le acercó, distraído, el fanfarrón, el chiquito le asestó una trompada en pleno rostro y con ella, se desató el duelo pugilístico por el dominio de mi voluntad, que tiene lugar en mi Luna Park interior desde que tengo memoria.

El soberbio que hay en mí, el que cree haber nacido para llevar a cabo toda clase de hazañas, ataca en forma algo torpe, convencido de que la victoria está asegurada e inflado por el clamor de una platea escasa, pero que él considera multitudinaria. Con la guardia baja -no podía ser de otra forma- se acerca al negrito y eleva su puño por encima de su cabeza para dejarlo caer con la mayor violencia posible. El otro boxeador, el atlético, el que se sabe una persona mediocre, el que recuerda que todos vamos a morir y el que reconoce que ser olvidado es un giro inesperado de la fortuna, porque para ello es necesario ser recordado en primera instancia, esquiva el golpe, se recuesta contra las cuerdas del ring e inicia un contraataque feroz, con toda la potencia de la realidad.

El negrito golpea la cabeza, el abdomen, la mandíbula del fanfarrón. Lo hace tambalear una y otra vez, lo deja grogui y con la mirada perdida en las luces cuadradas que se suspenden muy por encima de su cabeza. Pero el soberbio no cae. Sigue ahí, de pie. Cada tanto emboca una trompada que resuena en la cabeza del negrito. Pero éste se enfurece más y lanza todo tipo de golpes con una agilidad asombrosa.

El problema de esta pelea es que cada golpe de los dos rivales me duele a mí. El fanfarrón ataca y salgo al mundo como un león, pero el negrito estampa su puño y me doy cuenta de que mis talentos son escasos. El fanfarrón se defiende y sospecho que el reconocimiento esquivo no es indicador de nada, que las masas aplauden actos aborrecibles y les dan la espalda a seres con méritos infinitos. El negrito se lanza contra su rival y caigo en cuenta de que el reconocimiento es el único parámetro que tenemos en un mundo de subjetividades y de verdades ocultas, o acaso inexistentes.

Esta pelea interna e inacabable condiciona mi historia: lo hizo cuando envié un currículum en busca de mi primer trabajo, pero también cuando me decidí a cortejar a una señorita; se hizo presente cuando me paralicé frente a una vidriera, indeciso ante la disyuntiva de llevar un jean u otro, pero también cuando alguien se me coló en la fila del cine. Se revuelve mi interior en todo momento y yo toco la campana, una y otra vez, con más y más fuerza para mandarlos a descansar a sus banquitos de madera (y descansar un poco yo). Pero los pugilistas, ensordecidos por el fragor de la batalla siguen intercambiando golpes que no cesan.

Me duelen tanto los puñetazos dados como los recibidos y ningún réferi detiene ni castiga las trompadas ilegales, porque los contendientes no han oído de nociones tan abstractas como el fair play.

Guardé los resultados del laboratorio en el mismo sobre del que los había sacado. En medio de esta contienda, en donde no hay ganador ¿no les parece juiciosa la renuncia?

sábado, 15 de noviembre de 2008

Del exilio

Ulises Bartolomé nació en el barrio de la Boca y vivió allí toda su infancia, adolescencia y parte de su juventud. Evidentemente era un ser humano, ya que compartía características con sus congéneres bípedos, pero a diferencia de éstos, había desarrollado raíces que se aferraron a su barrio de tal forma que era difícil pensar en uno sin el otro.

A veces el destino nos impone actos antinaturales. Por sadismo de los dioses o porque así lo requiere la literatura, Ulises se vio envuelto y entremezclado en un corso fatal. El carnaval era para él un tiempo de gozo, en donde el alcohol y el disfraz lo llevaban por calles conocidas, pero siempre renovadas, evitando rociadas de agua con saltos y corridas e imponiendo serpentinas y papel picado en los demás.

Esa noche, estaba vestido como El zorro. Amparado en su sombrero, cubierta su espalda con una sábana negra que había teñido de negro la noche anterior, era arrastrado por la música, las comparsas y el ímpetu de su corazón. En medio de esa alegría, se topó con Natalia Benítez, que esa noche personificaba a una geisha. A los pocos minutos, Ulises le declaraba su amor.

A la mañana siguiente, el sol se deslizó por entre las maderas de la persiana y salpicó la cara de un Zorro maltratado por una noche feliz. En ese momento, la luz lo arrebató del sueño y lo devolvió a la racionalidad. Bajo el influjo de los recuerdos, pero con la rigurosa lucidez de la mañana, Ulises entendió que debía cortar sus raíces y marcharse de la Boca para siempre.

Natalia Benítez era la novia del Rata Muñoz. Y era sabido que el Rata era poco tolerante con afrentas de este tipo e incluso con otras menores, que muchos ni siquiera considerarían afrentas. Guardó algunas prendas en un bolso (entre ellas, el sombrero con la z dibujada con tiza) y dejó que un colectivo lo cruzara al otro lado del Riachuelo.

Ulises hizo pie en el barrio de Ezpeleta y allí empezó su interminable proceso de extrañar. Se paseó por calles planas, sin escaleras, sin subidas ni bajadas, mientras consideraba que en esas llanuras de cemento no se podría templar el espíritu ni aprovechar la geografía para recibir una milimétrica pared en un partido de fútbol. Se adentró en el club y buscó un lugar donde sentarse. Cambió un par de veces de asiento, trasladando de una mesa a la otra la cerveza con maníes que había pedido, pero pronto se resignó. Ninguna silla era la adecuada. Ninguna silla parecía ser la suya.

Con el tiempo, cultivó algunas amistades que él consideraba menores. Los verdaderos amigos sólo son posibles del otro lado del Riachuelo, se decía, mientras jugaba partidos de truco con personas que le sonreían, mientras celebraban una buena mano pegándose el ancho de espadas en la frente.

Desarrolló un oficio, se casó, tuvo hijos con el sentimiento de que esta segunda vida, más allá de la Capital, le pertenecía a otro. Temía que, alguna tarde, el dueño de la historia que él estaba usurpando se hiciera presente y le reclamara la restitución.

Una noche se despertó sobresaltado. Desde la ventana podía ver una luna redonda, similar a la de la noche del último carnaval en la Boca. Había soñado que, transformado en un sapo enorme y verde, intentaba introducir su batracidad verrugosa en diferentes pozos, pero ninguno le resultaba confortable.

Los domingos, sentado en la puerta de su casa con el mate en una mano y la pava en la otra, escuchaba partidos de fútbol por la radio y le explicaba a sus hijos detalles de una Bombonera que ellos jamás habían visto (y probablemente ningún otro hombre) y los míticos goles de los que había sido testigo en ese lugar:

- El canto de la gente es ensordecedor - decía -. Cuando uno asiste a un partido, debe esperar hasta el miércoles para volver distinguir el sonido de un pájaro, porque los oídos se cierran ante semejante clamor. Imagínense, son aproximadamente dos millones de gargantas, entonando una única y resonante palabra.

Sus hijos lo miraban un poco asustados por el relato, con sus ojos redondos de sorpresa.

- Es un barrio completamente diferente.

- ¿Por qué? - le preguntaban.

- Acá hay casas y yo tomo mate en la vereda. Allá tomaba mate en el patio de un conventillo, saludando a mis vecinos y compartiendo mi tiempo con ellos.

- ¿Qué es un conventillo?

- Un conventillo es una edificación comunitaria. Es el lugar en donde vive el trabajador. Las mujeres organizan competencias entre ellas, competencias silenciosas que nadie menciona pero todos conocen. Limpian su porción del patio, sus barandas y escaleras y comparan la pulcritud de la vecina, para ver quién consigue la mayor.

Una mañana, mientras desayunaba, Ulises leía el diario y en la sección de policiales se topó con la noticia de que el Rata Muñoz había sido asesinado en una pelea. Ese infortunio le abría la posibilidad del regreso. Sin decir una palabra, se llevó un bizcocho de grasa a la boca y cerró tras de sí la puerta de su casa. Se subió a un colectivo y cruzó el puente del Riachuelo en sentido contrario, después de veinte años de espera.

El barrio estaba cambiado. El bar de la esquina lo habían transformado en un autoservicio. Cuando Ulises asomó su cabeza, sorprendido de no ver la mesa de metegol en el lugar habitual, la cajera lo miró con sus ojos estirados, desconfiando de lo que el individuo aquel quería hacer paseando su gesto incrédulo por cada una de las góndolas.

Los conventillos no mostraban esa pulcritud rememorada. Las personas en las calles eran extrañas, excepto Don Javier, que caminaba encorvado por la calle:

- ¡Don Javier! - le gritó Ulises y a Don Javier le costó mucho reconocerlo o quizás nunca lo reconoció y fingió hacerlo para que Ulises lo dejara tranquilo. Le preguntó por sus amigos de toda la vida y casi ninguno continuaba viviendo en el barrio. Se saludaron y cada uno siguió su rumbo.

Ulises llegó a la Bombonera. Casualmente ese domingo había partido. Entró, se ubicó en la tribuna y vio un encuentro mediocre que terminó 1 a 1 porque a Boca le cobraron un penal inexistente, tres minutos antes del pitazo final.

Ulises abandonó la tribuna arrastrando los pies. Tomó un colectivo y volvió a Ezpeleta a seguir extrañando la Boca, entre los desconocidos de siempre.

viernes, 7 de noviembre de 2008

10 de noviembre

Día de la tradición
es hoy pues nació José
Hernández, por lo que sé,
fue de Martín Fierro autor.
Pero otro Martín peor
nació en el setenta y tres.

El mesmo que acá les canta
y juega a ser escritor
irrumpe en su monitor
cuando así usted lo requiere,
y actualmente le sugiere:
compre ropa Christian Dior.

Disculpe, incluí un sponsor
en el medio de mi canto.
El capitalismo tanto
se extendió. Cosa sabida,
para ganarse la vida
vende su aureola hasta el santo.

Si no puede agasajarme
con lujo en mi aniversario,
pues modesto es su salario,
no se enoje ni se queje.
Sólo quiero que me deje
en el blog un comentario.