Ecuménico Almada pisó por primera vez el pasto de Plaza Francia, arrastrando un banquito plegable y quejándose del calor. Ubicó su asiento en donde su figura sintió el amparo de las sombras y, luego de acomodarse, escribió su nombre y su oficio en un cartón: Ecuménico Almada, Único Extintor de Conciencias. El hombre era un anciano que se desplazaba con gracia excesiva, a pesar de la curvatura de su espalda, inclinada más por el peso de su cabeza descomunal, que por la inclemencia de los años. El tiempo le había sido favorable y con suaves caricias, lo había coronado de sabidurías entrecanas. Ecuménico podía caminar por una vereda recién baldeada y adivinar el lugar en el que se encontraban las baldosas flojas, vengadoras de los pantalones recién planchados. Conocía el lugar preciso en donde los vagones estacionarían sus puertas y, las tardes en las que el sol descansaba su calor sobre los pasajeros, lograba apoderarse de los últimos asientos vacíos, por obra de su habilidad. Parecía que los misterios del mundo se desentrañaban ante la mirada atenta de Ecuménico Almada y su experiencia le hizo conocer que iniciaba un negocio de prosperidad desbordante, mientras con su marcador negro desplegaba su letra prolija en el cartón:
- El mundo está lleno de culpas innecesarias - le explicó al primer curioso -. La gente sufre por cosas que no deberían preocupar a nadie. ¿Ve ahí? - estiró el dedo índice, haciendo desaparecer con ese gesto, las arrugas que se aferraban a su mano -. Tres de las siete personas que están sentadas en los bancos de madera, sufren un remordimiento absurdo. Tres individuos se condenan a sí mismos en forma simultánea, tres dolores su superponen debajo del ombú.
- ¿Y cómo sabe usted eso? - le preguntó el curioso.
- Mire, yo no lo obligo a creerme. Pero antes de que el sol alcance la cima de aquel árbol, esa señorita que mira el suelo, con la preocupación enroscada en el cuello, se levantará y saldrá corriendo con un sollozo en el rostro.
- ¿Por qué?
- ¿Sabe por qué? Porque no se sabe inocente. Porque nadie le habló de la clemencia de la justicia.
- Pero la justicia no debe ser clemente. La justicia debe limitarse a ser justa.
- ¿Qué está diciendo? Se nos echa sin preguntarnos en un mundo doloroso. Cierta partera nos arranca del vientre materno en medio de alaridos, mientras imponemos un sufrimiento indescriptible a quien nos da la vida. Yo, usted, todos, no somos más que un desgarro atroz. Los días pasan y los dolores se acumulan, se vuelven una posesión. La materia se deshace en nuestras manos. Un chico con una lupa achicharra a una hormiga, que se queda inmóvil, con las patitas de sombrero. Otro, le tira una piedra enorme a un sapo dormido. La espalda se le pone blanca y el chico le tira otra y después otra y otra y otra y la satisfacción le dibuja la boca y le excita el pecho. Cuando se le acaban las baldosas, cuando la espalda se vuelve roja, el chico se da cuenta de que el sapo quedó aplastado debajo de su morbo ingobernable. El pobre sapo, sin sacudirse su siesta, se vio arrebatado de la simplicidad de su vida. El pobre chico, sin sacudirse su insensatez, se espanta de sus propias manos batricidas. Los dos son víctimas de una piedra, el que la arroja y el que la recibe. Al fin de cuentas, ni el sapo ni el chico son responsables de que el mundo no disponga de piedras blandas como plumas.
- ¿Sabe qué difícil sería dar un paso si el suelo tuviera la inconsistencia de la pluma?
- Hombre, entiéndame la metáfora. No sea tan riguroso con mis palabras.
- No sé si no estoy siendo metafórico también yo, pero siga explicándose.
- El Cosmos no necesita ser juzgado, sino perdonado. No habría piedra sobre piedra si existiese la justicia. No tengo nada más que decir - y la mujer del banco de madera, se levantó y se fue corriendo, ahogando el disimulo de su llanto, aprisionándolo entre la cara y las manos y convirtiendo al primer curioso en el primer cliente.
La fama del anciano creció con rapidez. Miles de melancólicos hicieron cola junto al asiento plegable de Ecuménico. Los faroleros aseguran que, incluso por las noches, un sacerdote de la Iglesia del Pilar lo visitaba con frecuencia, ocultándose en la oscuridad, para no ser reconocido por ninguno de sus feligreses. Su tarea fue haciéndose cada vez más difícil, porque se le ofrecían casos de resolución cada vez más complicada, que ponían a prueba su agudeza:
- Yo soy creyente - dijo una vez un hombre de traje negro - y a su vez, político. Se dará cuenta de que no son compatibles mis actividades, porque el político no puede subsistir si no se permite ciertas licencias. En cuanto asumí el cargo, me vi obligado a cegarme ante miles de actos delictivos de mis compañeros de fórmula, para salvar al partido; de los miembros de otros partidos, para evitar enemigos innecesarios. Pronto, yo también me vi envuelto en actos non sanctos: me quedé con un dinero que no me correspondía, dinero que se hizo cada vez más frecuente y más cuantioso, inauguré hospitales que eran cáscaras vacías, envié a ciertos hombres poco simpáticos a apretar a mis enemigos e hice que esos mismos personajes protagonizaran desmanes en las manifestaciones de apoyo a mis opositores. Mi vida continuaba sin mayores sobresaltos. De hecho, mejoraba notablemente. Mis amistades aumentaban, a medida que mis propiedades se iban haciendo más numerosas. Mi familia se vio consentida y parecía más feliz. Por lo menos, cuando las veo, mis dos hijas adolescentes, se muestran contentas. No obstante, mi buen pasar no podía ser absoluto. La otra tarde, en uno de mis hospitales, una nena de cinco años falleció. Los médicos dijeron que no tenían el equipo necesario para atender su enfermedad, que no debió resultarle letal, en otras condiciones. Rápidamente evité que la prensa difundiera el hecho, lanzando billetes y amenazas en distintas direcciones. Pero, desde esa tarde, no logré conciliar el sueño. Recurrí a remedios caseros y luego visité a doctores eminentes, pero ni las ovejas ni la leche tibia ni los tranquilizantes lograron hacer que la imagen de la nena dejara de expulsarme a la vigilia una y otra vez. Un allegado me cometó que, tal vez, usted podría devolverme el buen dormir que siempre me caracterizó.
Ecuménico se sobresaltó por primera vez. ¿Estaría equivocado? ¿Acaso ciertos individuos merecían sentirse culpables? ¿Acaso algunas personas merecían no ser perdonadas ni perdonarse? Enseguida pensó en que, años atrás, el político se habría horrorizado de sus manos capaces de dar muerte a un sapo y se habría compadecido de otras hormigas, a quienes habría juzgado parientes de la achicharrada por la luz del sol. A la sombra, Ecuménico contemplaba las manos que se escapaban de ese traje negro, manos que tiempo atrás habrían buscado acariciar una cabellera femenina y se habrían enredado en esos terrenos indóciles y fascinantes. Habrían sido expulsadas y menospreciadas y alguna vez se habrían aferrado a un ataúd para transportar a un ser querido y se habrían sentido solas, frías e inconsolables. Pasado el tiempo se perderían bajo tierra. Las manos que no pueden evitar el dolor del sapo ni el propio, se desvanecerían entre las raíces de un árbol parecido al que albergaba a Ecuménico. Sin llegar a convencerse a sí mismo, el extintor de conciencias argumentó:
- Usted dice ser creyente. Entonces, pensemos lo siguiente. Un hombre que da la vida por su prójimo es bien recibido en el Reino de los Cielos. No es necesario ser un gran conocedor de la Biblia para llegar a esta conclusión. La misma divinidad se hizo carne para ofrecer el sacrificio de su cuerpo. Sin embargo, hay algo que nadie tiene en cuenta. Miles de bomberos se arrojan a las llamas, para que el fuego se aplaque con sus uniformes y no haga su víctima al Sr. Piromaníaco que inició el incendio por fumar en la cama. Pero la entrega del bombero, en realidad, no es tan grande. El bombero ofrece su cuerpo y salva, así, su alma. La desproporción es gigantesca. El dolor de treinta segundos no es comparable a la eternidad. Sin embargo, lo que usted hace es realmente loable. El número de aspirantes al Cielo es numeroso, pero, según tengo entendido, son pocas las vacantes. Usted se retira de la competencia de inmediato, hace todo lo posible para cederle su espacio a otra persona más afortunada. Su acto de entrega es mayor que el del bombero. Usted, al ser creyente, sabe que no le aguarda otro destino que el de la condenación y, consciente de ello, persiste en el mal y permite que otro se salve en su lugar.
«Ahora, si su manejo irresponsable de la vida es un acto de entrega metafísica, entonces, usted no merece la condena eterna. Si por su conducta, alguien gana una plaza celeste, por ese gesto, usted merece otra. No se haga problema, amigo. Usted, también está salvado".
El hombre de traje negro, emocionado ante la noticia y convencido de que el bienestar terreno se prolongaría después de su muerte, volvió a su casa y soñó que miles de camellos pasaban por el ojo de una aguja.
Ecuménico Almada siguió alivianando las espaldas de todos los que se le acercaban con sus inquietudes. Con el paso del tiempo, personajes más infames, más sinistros. Consoló a un profesor de literatura que lapidaba la autoestima de sus alumnos más brillantes, diciéndoles que sus creaciones eran simples y carentes de ingenio; consoló a un hombre que dejaba esparcida carne envenenada para dar muerte a las mascotas ajenas; consoló a un abogado que estafaba a sus clientes, quitándoles la casa con artimañas legales; consoló a un empresario que explotaba a sus empleados y les retrasaba indefinidamente el pago de sus sueldo miserable; consoló a una mujer que abandonó a un bebé en un tacho de basura; consoló a un individuo que surcaba las puertas de los coches con una llave; consoló a un hombre que golpeaba todas las noches a su esposa; consoló a un violador que pensaba entregarse a la policía.
Pero un tarde, el sol se escurría entre las hojas de los árboles y Ecuménico Almada imponía una desacostumbrada rectitud a su espalda, cuando un hombre se le acercó y le dijo:
- ¿Es correcto matar a un canalla?
Ecuménico le dijo que era correcto porque el mundo estaba colmado de dolores innecesarios. La tarea del hombre era reducir su cantidad y que si la existencia de una persona causaba sufrimiento a los demás, entonces, lo más juicioso era acabar con esa vida perniciosa. Tras ofrecerle estas explicaciones, agregó:
- Yo sé que usted viene a hacer prevalecer la justica por sobre la clemencia. Usted cree, y tal vez con razón, que mi actividad es monstruosa. Sólo le pido un favor. No falle el tiro. Ni usted ni yo seríamos felices si quedara paralítico.
El hombre sacó un arma del bolsillo y disparó tres veces antes de ponerse en fuga. Los tres disparos se alojaron en el cerebro y le quitaron la vida inmediatamente a Ecuménico Almada. Los artesanos están convencidos que el extintor de conciencias se llevó a la tumba un argumento infalible, que seguramente utilizó el día de su Juicio Final, para apenas salvarse de las llamas infernales.