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martes, 16 de septiembre de 2008

Cortita y al pie, a pedido de la hinchada

Los vecinos del barrio de Balvanera justifican su presente con la intervención divina. Dicen que un domingo de enero a la mañana, el cura Nicanor Fuelles daba lo que él consideraba la mejor misa de su vida. Con sus brazos extendidos, se complacía al comprobar que las palabras no brotaban de su boca, sino de lo más profundo de su conciencia divina. lo irónico del caso es que los únicos espectadores eran una veintena de niños que, a pesar del fastidioso calor de las once, fantaseaban con hacer goles de palomita en el patio de la iglesia, ni bien terminara el sermón, que se prolongaba más allá de los límites de su paciencia.

El cura pudo notar que la atención de los niños se trepaba por las columnas y se escapaba por entre los incontables colores de los vitrales. Y sintió verdadera pena de que sus más inspirados testimonios se perdiesen para siempre, mientras los chicos se volvían sordos con sus bostezos.
Quiso el cura capturar a su público. Se inclinó hacia adelante y con un grito, elevó su puño al cielo:

- El cielo, niños. ¡El cielo es!

Y los chicos lo miraron como la primera cara que aparece después de una siesta. El sacerdote supo que las cuarenta pupilas, por fin, se clavaban en él. Buscó una imagen poderosa en su imaginación, una para que la recordaran para siempre:

- ¡El cielo es una misa eterna!

Desde aquel día, en Balvanera sólo hay malhechores, rufianes, delincuentes, criminales y administradores de edificios.