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martes, 19 de agosto de 2008

No lo vuelvo a hacer

Creo que me arrepiento de muchas cosas que hice en mi vida (y de otras tantas que no hice), pero si me preguntan cuál me gustaría eliminar de mi pasado, es un hecho que ocurrió cuando tenía unos cinco años. Estaba parodiando a Titanes en el Ring en la cama de mis padres. Mi rival era un payaso de juguete, al que lanzaba de un lado a otro de la cama, infligiéndole toda clase de castigos físicos: que patada voladora, que doble nelson, que cortito. Pero, en medio de esa verdadera paliza, había algo que me molestaba sobremanera: su pasividad. Evidentemente yo quería ganar mi contienda, pero la facilidad con que obtenía la victoria, me resultaba exasperante y cuanto más golpeaba al payaso, más lo odiaba por no resistirse. Alguien podrá objetar que el muñeco no era culpable de no defenderse, pero mi civilidad no estaba tan desarrollada como ahora y si confiaba ciegamente en reyes que me dejaban regalos debajo de mis zapatos una vez por año, a cambio de un vaso de agua y algo de pasto, ¿por qué pensaría que era absurdo que mi pelea tuviera una dificultad real?

Mi tía abuela, improvisado Willam Boo, entró en el cuarto de mis padres y me preguntó si quería ir a la plaza. Acepté. Dejé que me llevara y, a su vez, yo llevé a mi contrincante de la mano, arrastrando su cuerpo por el piso. Todavía conservaba todo el rencor que había acumulado durante la pelea y mi odio me pedía la compensación de una venganza. Cruzamos la avenida Libertador, mal, a la carrerita, apurándonos para evitar los autos que se acercaban a nosotros. Los vi raspando la calle con sus afiladas ruedas y en ese momento supe lo que debía hacer. Le solté la mano al payaso para que un taxi le pasara por encima. Juré que había sido un accidente y mi tía, algo preocupada, fue en rescate del juguete cuando las luces del semáforo se lo permitieron. Yo me quedé en la vereda, disfrutando de mi triunfo, con la certeza de que aquel payaso jamás se atrevería a afrentarme con su pasividad en pleno rostro.

Cuando mi tía lo trajo en brazos y vi sus tripas de algodón escapando de su barriga, atravesando su traje de colores destruido, sentí una tristeza inmensa, descubrí que yo podía ser un monstruo.

- No sirve más – dijo mi tía y lo dejó caer en un tacho de basura, mientras yo lo despedía con dos gruesos lagrimones.

Tengan cuidado conmigo, porque, como ven, soy un tipo de pocos escrúpulos, capaz de cometer un payasicidio y seguir creciendo.