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domingo, 10 de agosto de 2008

De casamientos

Me declaro un odiador de casamientos, pero mis amigos o familiares fueron casándose y tuve que volver a introducirme en ese traje azul que ya me queda chico desde hace tiempo y atarme la bendita corbata al cuello.

También admito mi parte de culpa: odio bailar. Y sé que voy en contra del mundo, me doy cuenta de que a la gente le encanta moverse cuando hay música, pero yo no le encuentro sentido a esto (y es una lástima, porque todos parecen disfrutarlo). Entonces, me quedo sentado y miro constantemente el reloj, que se estanca y no quiere avanzar, mientras los demás hacen un trencito aturdidos y felices por la melodía carioca. Es en esos momentos cuando aparecen ciertos espíritus intolerantes, que no soportan mi cara de muerto vivo ni mi inacción. Yo los veo venir desde lejos, con sus pasitos de baile repetidos y su sonrisa cómplice. Creen que yo estoy esperando que alguien me invite a moverme, creen que soy tan tímido que no me atrevo a despegarme de la silla, creen que necesito que me salven de mi autismo. Por eso me toman de los brazos y me sacuden, como su fuera un plumero, convencidos de que me están haciendo un favor y que yo voy a estarles eternamente agradecido y no, te lo suplico, no me gusta bailar, pero dale, vení, no, en serio, odio hacerlo, pero no, no me vas a negar una pieza, pero por favor. Después de rechazar el ofrecimiento unas doscientas veces, la persona en cuestión se marcha, segura de que soy un demente (y quizás algo de razón tenga), porque solo a un demente se le ocurre oponer tanta resistencia ante un hecho evidentemente placentero.

Para colmo, no tomo alcohol. Tal vez, si lo hiciera, podría disfrutar de la introspección individual de una profunda borrachera, pero no, Coca Cola o Pepsi (en los casamientos suele estar tan rebajada, que es imposible distinguirlas).

Normalmente, el martirio de la fiesta no termina con la fiesta. Mi novia protesta durante todo el viaje de vuelta. Dice que le hice pasar un momento horrible, que estuve toda la noche callado y sin moverme, que cualquiera de los árboles del jardín se había mostrado más animado que yo. ¡Bien por el árbol!

Cada vez que me envuelve este fastidio, prometo que esa será la última vez que me someta a la sociedad, pero por lo visto, no soy hombre de palabra y la bendita corbata y el traje estrecho cuelgan en mi placard para recordarme cómo uno nunca hace lo que quiere, sino apenas lo que puede.