Subir al vagón de un subte puede parecer una trivialidad. Se pone un pie delante del otro, se evita algún que otro empujón, se elude la bolsa de plástico de una mujer de pelo blanco y listo. Pero yo no creo en los actos banales. Lo insignificante lo es sólo en apariencia y cada detalle mínimo esconde un hecho crucial que pasará inadvertido si no estamos atentos.
En el vagón, siempre nos espera una desconocida que, por algún motivo misterioso, nos llama poderosamente la atención. Lee un libro y con lentitud levanta sus ojos para dar vuelta la página. A su lado y frente a ella hay dos lugares vacíos. ¿Cuál debería ocupar? Si me siento a su derecha, pierdo la posibilidad de contemplarla, porque si enrosco mi cuello para verla, no podré ser disimulado. El asiento de enfrente me arrebata la posibilidad de una conversación casual y si el subte se llenara, quedaría completamente aislado.
Me tomo unos segundos para elegir. Un señor suelta un “permiso” por entre sus bigotes y un chico de cinco años corre por delante de mis piernas. Entre los dos, me obligan a viajar parado en el otro extremo del vagón.
En el vagón, siempre nos espera una desconocida que, por algún motivo misterioso, nos llama poderosamente la atención. Lee un libro y con lentitud levanta sus ojos para dar vuelta la página. A su lado y frente a ella hay dos lugares vacíos. ¿Cuál debería ocupar? Si me siento a su derecha, pierdo la posibilidad de contemplarla, porque si enrosco mi cuello para verla, no podré ser disimulado. El asiento de enfrente me arrebata la posibilidad de una conversación casual y si el subte se llenara, quedaría completamente aislado.
Me tomo unos segundos para elegir. Un señor suelta un “permiso” por entre sus bigotes y un chico de cinco años corre por delante de mis piernas. Entre los dos, me obligan a viajar parado en el otro extremo del vagón.
Realmente es un alivio cuando las circunstancias deciden por mí. Me encantaría no tener que elegir nunca, porque cada elección es una renuncia. Si en una fiesta como un sándwich de jamón y queso, estoy optando por dejar en la bandeja el de jamón y tomate. Si estudio abogacía, estoy desechando una prometedora carrera de actor. Si pateo un penal abajo a la derecha, estoy perdiendo la posibilidad de que mis compañeros de equipo me admiren. Optar implica cerrar puertas y no hay en el mundo sonido más triste que ese clac seco.
Preocupado por esta situación, evité durante un tiempo el subte, los sándwiches, el conocimiento y los deportes. Pensaba que si no decidía, mantendría intacta mi potencialidad. Pero rápidamente me di cuenta de que las puertas se seguían golpeando y no había forma de dejarlas abiertas.
Creo que por eso soy nostálgico. Mi presente es más interesante que mi pasado y, a pesar de eso, daría cualquier cosa por volver a ser el que fui. No para repetir experiencias. Volver al secundario y estar nervioso porque la de química piensa tomar lección oral y yo no estudié bien qué es un alcano, es más una pesadilla que algo deseable. Pero extraño aquellos tiempos en los que no estaba limitado por mi historia, cuando no era esclavo de mis desatinadas decisiones. Extraño aquellos tiempos en los que mi destino podía ser cualquiera.