La Facultad de Filosofía puede ser un lugar bastante cruel, en donde el error o incluso la duda son condenados con dureza.
En los primeros cursos, multitudinarios (después hay un proceso de decantación y de separación, según la especialidad), existe una extraña costumbre entre los alumnos. El profesor o la profesora dan su clase, hablando en voz alta. De pronto, un chico de 19 años levanta su mano. El docente interrumpe su discurso, señala con su dedo índice y pregunta:
- ¿Sí?
- Heidegger, en su libro Ser y tiempo, dice que... - y empieza una larga descripción, bastante inentendible y remata con una interrogación aún más extraña.
Los demás estudiantes, pensamos:
- Pucha, yo no leí ese libro. Por otro lado, ¿quién es Hiedegger? Espero que nadie me pregunte nada de él.
Entonces, ponemos caras serias y asentimos, como diciendo 'el chico tiene razón', disimulando que el inesperado discurso tiene la misma significación para nosotros que un chiste contado por un chino en estado de ebriedad.
Con los años, con el tiempo, descubrimos que el estudiante que hizo esa pregunta sólo había leído un resumen de Heidegger y que repetía el mismo comentario en cada una de las clases a las que asistía, porque de hecho, su pregunta no era una pregunta. Era simplemente una proclama para que los demás supiéramos que el conocía un libro que realmente no conocía.
Pero más adelante, la tendencia cambiaba. Cuando uno ya no es un principiante, tiene miedo de reconocer que algunas de las cosas dichas en clase no fueron totalmente comprendidas, porque nuestros compañeros exclaman ante una pregunta que ellos consideran injustificada un: 'este no sabe nada'. Entonces, un se ve ante la disyuntiva de mantenerse en una ignorancia anónima o reconocer sus limitaciones y ampararse en los conocimientos del profesor.
Cierta tarde me encontraba en medio de un aula repleta. La materia era Filosofía Medieval. Nos hablaban de los razonamientos de algunos filósofos que mezclaban su lógica y su fe o, mejor, forzaban la lógica para que justificara su fe. En medio de esa situación, de hogueras para los herejes y condena social para los ignorantes, una duda apareció en mi cabeza. Y empezó a carcomerme la mente. ¿Levanto la mano? No sé. ¿Debo preguntar? Estuve como 40 minutos evaluando si era mejor ser un burro imperceptible o un estúpido público. Finalmente, mi brazo se extendió. La profesora, a la que admiraba un poco, interrumpió una oración para cederme la palabra:
- ¿Sí? - me dijo y ya todo estaba resuelto. No podía echarme atrás, no podía arrepentirme. Tenía que soltar mi pregunta, sin más remedio ni dilación.
Con voz vacilante, dejé que mi lengua tropezara algunos sustantivos y verbos. La profesora logró reconstruir, con buena voluntad, lo que yo había querido decir y, finalmente, exclamó:
- ¡Muy buena pregunta!
La alegría invadió mi espíritu de tal forma, que jamás logré escuchar su explicación.
En los primeros cursos, multitudinarios (después hay un proceso de decantación y de separación, según la especialidad), existe una extraña costumbre entre los alumnos. El profesor o la profesora dan su clase, hablando en voz alta. De pronto, un chico de 19 años levanta su mano. El docente interrumpe su discurso, señala con su dedo índice y pregunta:
- ¿Sí?
- Heidegger, en su libro Ser y tiempo, dice que... - y empieza una larga descripción, bastante inentendible y remata con una interrogación aún más extraña.
Los demás estudiantes, pensamos:
- Pucha, yo no leí ese libro. Por otro lado, ¿quién es Hiedegger? Espero que nadie me pregunte nada de él.
Entonces, ponemos caras serias y asentimos, como diciendo 'el chico tiene razón', disimulando que el inesperado discurso tiene la misma significación para nosotros que un chiste contado por un chino en estado de ebriedad.
Con los años, con el tiempo, descubrimos que el estudiante que hizo esa pregunta sólo había leído un resumen de Heidegger y que repetía el mismo comentario en cada una de las clases a las que asistía, porque de hecho, su pregunta no era una pregunta. Era simplemente una proclama para que los demás supiéramos que el conocía un libro que realmente no conocía.
Pero más adelante, la tendencia cambiaba. Cuando uno ya no es un principiante, tiene miedo de reconocer que algunas de las cosas dichas en clase no fueron totalmente comprendidas, porque nuestros compañeros exclaman ante una pregunta que ellos consideran injustificada un: 'este no sabe nada'. Entonces, un se ve ante la disyuntiva de mantenerse en una ignorancia anónima o reconocer sus limitaciones y ampararse en los conocimientos del profesor.
Cierta tarde me encontraba en medio de un aula repleta. La materia era Filosofía Medieval. Nos hablaban de los razonamientos de algunos filósofos que mezclaban su lógica y su fe o, mejor, forzaban la lógica para que justificara su fe. En medio de esa situación, de hogueras para los herejes y condena social para los ignorantes, una duda apareció en mi cabeza. Y empezó a carcomerme la mente. ¿Levanto la mano? No sé. ¿Debo preguntar? Estuve como 40 minutos evaluando si era mejor ser un burro imperceptible o un estúpido público. Finalmente, mi brazo se extendió. La profesora, a la que admiraba un poco, interrumpió una oración para cederme la palabra:
- ¿Sí? - me dijo y ya todo estaba resuelto. No podía echarme atrás, no podía arrepentirme. Tenía que soltar mi pregunta, sin más remedio ni dilación.
Con voz vacilante, dejé que mi lengua tropezara algunos sustantivos y verbos. La profesora logró reconstruir, con buena voluntad, lo que yo había querido decir y, finalmente, exclamó:
- ¡Muy buena pregunta!
La alegría invadió mi espíritu de tal forma, que jamás logré escuchar su explicación.