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martes, 9 de septiembre de 2008

Palomas burguesas

Entre los muchos seres que me han perdido el respeto en las últimas décadas, ningún caso es tan ostensible como el de las palomas. Yo no sé qué les ocurrió. Cuando era chico e ingresaba a la plaza, volaban despavoridas en todas direcciones. Envalentonado por la fuga, apuraba mi paso en medio de la dispersión de pájaros. Plumas, alas, movimiento y el abandono de las miguitas de pan que les tiraban algunos ancianos, desde sus eternos bancos rojos.

Ahora la situación es distinta. Las palomas se aburguesaron. Cuando cruzo la Plaza Congreso tengo que aminorar la velocidad porque, pesadas, apenas si se mueven. Caminan, ya no vuelan. Me miran con desprecio, me invitan a cambiar mi recorrido, pero yo estoy rodeado por ellas. Avanzo con cuidado y, a veces, simulan un vuelo que no es más que un salto, sólo para conformarme.

Pero en algunas ocasiones estoy apurado. Necesito llegar hasta la otra esquina con rapidez. Las atropello con paso firme y entonces sí, sacuden sus alas y se elevan. Pero lo hacen sin gracia, en forma torpe y desacostumbrada. Siempre tengo la sensación de que el cansancio de su fuga va a llevarse mi rostro por delante. Entonces me agacho un poco y me convierto por unos segundos en otra estatua viviente.

No sólo me molestan al disputarme la plaza. También lo hacen al disputarse algunas porciones de mi fantasía. Durante mucho tiempo me pregunté cómo harían para adiestrar a las palomas mensajeras. Cuando tengo una inquietud de este tipo no llevo a cabo un método clásico. No le pregunto a alguien con mayores conocimientos ni abordo una enciclopedia ni busco en Google. Las soluciones fáciles son para espíritus más perezosos que el mío. Cuando yo no sé algo, intento deducirlo sin ayuda. Cualquier otra opción, es como mirar la respuesta de un crucigrama: una verdadera cobardía.

Supuse, entonces, que habría tipos que se emplumarían el cuerpo, para ganarse la confianza de las aves. Circularían en torno de ellas con aire disimulado y poco a poco les recitarían todos los nombres de la guía Filcar, para que pudieran orientarse. Avenida Santa Fe y extenderían sus alas. Avenida del Libertador y señalarían puntos específicos de un mapa. Avenida Córdoba y les recomendarían eludir la zona de aeroparque para evitar el tráfico.

Con el tiempo, apareció un conocedor de estas cuestiones (¡nunca faltan!). Sin que yo le preguntara, me corrigió. Me explicó que estaba en un error y me detalló un método mucho más simple y notablemente menos interesante que el que yo había alcanzado. Un método tan torpe y carente de ingenio, que voy a callar para permitirte, lector, el placer de desconocerlo.

Éste es el secreto de mi escritura. Si es que tiene algún valor, su fuerza no radica en lo que narro, sino en lo que silencio. Mientras otros escriben genialidades, yo apenas me esfuerzo en disimular las torpezas de un mundo que, a veces, se mueve sin talento y vuela en forma torpe, como una paloma aburguesada.