Dicen que en China los gemelos idénticos no llaman demasiado la atención. De todas formas, tuve en la escuela primaria dos compañeros (de rasgos occidentales en este caso) que habían compartido el vientre de su madre y la bolsa, seis años antes de compartir un pupitre en el colegio.
La maestra tenía serias dificultades en reconocerlos, pero había desarrollado un método que ella creía infalible: sus letras eran distintas. Entonces, les hacía escribir una frase en un papel. A Juan y a José (ésos eran sus nombres, tan poco originales como sus rostros) les molestó que alguien pudiera diferenciarlos con éste o con cualquier otro método, por lo que practicaron durante bastante tiempo y ambos pudieron copiar la caligrafía del otro (o al menos eso es lo que nos hicieron creer a sus compañeros, ya que, en rigor, nunca supimos si nos estaban mintiendo, y se hacían pasar por el otro con aptitudes de falsificador, cuando en realidad se trataba de ellos mismos).
Cuando terminamos la primaria, se cambiaron de colegio. Uno hizo un bachillerato y el otro un comercial. Aunque tal vez se suplantaron periódicamente y cada uno hizo la mitad de la carrera del otro.
Ser compañero de Juan y de José tuvo sus consecuencias. Yo tenía una novia a la que quería dejar, pero no podía hacerlo. Cada vez que le sugería que quería verla porque teníamos que hablar, como preámbulo de ruptura, me recibía en su casa con una pizza amasada por sus propias manos. Yo me excusaba con un "no tengo hambre", pero ella insistía, diciendo que la había cocinado para mí. Sintiéndome culpable, me sentaba a la mesa con la servilleta al cuello y atacaba la muzzarella sin piedad. Pero después de esa invitación, ¿no es una descortesía decirle a una persona que es mejor continuar nuestros caminos por separado? ¿No señala el protocolo que es de mala educación terminar una relación después de cenar?
Una tarde, hablaba con un amigo, que tuvo la ocurrencia de imitarme y provocó la hilaridad de las demás personas que se encontraban con nosotros. Al parecer, su imitación era perfecta. Fue entonces, cuando recordé a Juan disfrazado de José. Mandé a mi amigo a casa de mi novia y no tuvo ningún reparo en abandonarla desde el portero eléctrico, haciéndose pasar por mí.
De esta forma, con cierto dolor, descubrí que mucha gente hacía muchas cosas mejor que yo. Una madrugada me encontraba sumergido bajo miles de apuntes. Tomaba café para mantenerme despierto y estudiaba para rendir un parcial de Lingüística. Chomsky y sus secuaces se empeñaban en escribir cosas incomprensibles. Mientras pensaba si era buena idea abandonar la materia y, por qué no, la carrera, recordé que un amigo mío había rendido con éxito ese final. Él no era ni parecido a mí ni podía imitar mi voz y mucho menos mi escritura. Pero Lingüística es multitudinaria y para suplantar a otro no se necesita más que sentarse en un banco, cosa que mi amigo podía hacer sin dificultades Después de unas semanas, disfruté de un inmerecido diez.
A partir de ese momento, mis actividades se redujeron bastante. En lugar de hacer, me limitaba a buscar gente idónea: mandaba a un jugador profesional para que gritara mis goles en la canchita de fútbol 5 los días miércoles, mandaba a tipos más altos que yo para que sedujeran a mis futuras novias que me parecieran inalcanzables, mandé de vacaciones a personas que conocieran más idiomas, para que pudieran entenderse mejor con los nativos.
El reemplazo obviamente era temporal. Una vez seducida la mujer que me interesaba, aparecía yo:
- Estás distinto - me decían en algunas ocasiones.
- No, es que tengo mucho trabajo y eso me tiene un poco distraído. Pero no te preocupes que soy el mismo de siempre.
- No, pero no es sólo eso. Vos no eras morocho.
- La luz - decía con rapidez -. La luz a veces confunde la percepción - y daba una explicación física que había aprendido y distorsionado en una enciclopedia Larousse.
El problema es que, poco a poco, mis reemplazos empezaron a rebelarse. Una tarde comprobé que un tipo más musculoso que yo se había fugado con mi amor platónico de toda la vida. Ricardo Darín, que debía decir en su primer casting que tenía mi nombre, se arrepintió a último momento y mostró su documento en lugar del mío y así me privó del éxito de La carpa del amor, que me correspondía a mí. Perdí, injustamente, un Oscar; ascensos en el trabajo; la participación en un mundial de fútbol y otro de basquet (a pesar de mi modesto metro setenta), simplemente porque mis suplentes decidieron ser ellos en lugar de ajustarse al plan.
Los reemplazantes cayeron en cuenta de que su situación era inmerecida. Ellos hacían los esfuerzos y otro se llevaba la gloria. Se asociaron, se convencieron y trazaron un plan de lucha. Todavía continúan imponiendo los estragos de su complot. Y están dispuestos a llevarse, no sólo lo que ellos creen que les pertenece, sino absolutamente todo. Quieren descuartizarme y robarse mi destino, pedazo a pedazo.
La traición de los reemplazantes no tiene límites. Incluso, debo confesarles, que éste que les escribe, no es Martín, sino uno de sus ignotos suplantadores.
La maestra tenía serias dificultades en reconocerlos, pero había desarrollado un método que ella creía infalible: sus letras eran distintas. Entonces, les hacía escribir una frase en un papel. A Juan y a José (ésos eran sus nombres, tan poco originales como sus rostros) les molestó que alguien pudiera diferenciarlos con éste o con cualquier otro método, por lo que practicaron durante bastante tiempo y ambos pudieron copiar la caligrafía del otro (o al menos eso es lo que nos hicieron creer a sus compañeros, ya que, en rigor, nunca supimos si nos estaban mintiendo, y se hacían pasar por el otro con aptitudes de falsificador, cuando en realidad se trataba de ellos mismos).
Cuando terminamos la primaria, se cambiaron de colegio. Uno hizo un bachillerato y el otro un comercial. Aunque tal vez se suplantaron periódicamente y cada uno hizo la mitad de la carrera del otro.
Ser compañero de Juan y de José tuvo sus consecuencias. Yo tenía una novia a la que quería dejar, pero no podía hacerlo. Cada vez que le sugería que quería verla porque teníamos que hablar, como preámbulo de ruptura, me recibía en su casa con una pizza amasada por sus propias manos. Yo me excusaba con un "no tengo hambre", pero ella insistía, diciendo que la había cocinado para mí. Sintiéndome culpable, me sentaba a la mesa con la servilleta al cuello y atacaba la muzzarella sin piedad. Pero después de esa invitación, ¿no es una descortesía decirle a una persona que es mejor continuar nuestros caminos por separado? ¿No señala el protocolo que es de mala educación terminar una relación después de cenar?
Una tarde, hablaba con un amigo, que tuvo la ocurrencia de imitarme y provocó la hilaridad de las demás personas que se encontraban con nosotros. Al parecer, su imitación era perfecta. Fue entonces, cuando recordé a Juan disfrazado de José. Mandé a mi amigo a casa de mi novia y no tuvo ningún reparo en abandonarla desde el portero eléctrico, haciéndose pasar por mí.
De esta forma, con cierto dolor, descubrí que mucha gente hacía muchas cosas mejor que yo. Una madrugada me encontraba sumergido bajo miles de apuntes. Tomaba café para mantenerme despierto y estudiaba para rendir un parcial de Lingüística. Chomsky y sus secuaces se empeñaban en escribir cosas incomprensibles. Mientras pensaba si era buena idea abandonar la materia y, por qué no, la carrera, recordé que un amigo mío había rendido con éxito ese final. Él no era ni parecido a mí ni podía imitar mi voz y mucho menos mi escritura. Pero Lingüística es multitudinaria y para suplantar a otro no se necesita más que sentarse en un banco, cosa que mi amigo podía hacer sin dificultades Después de unas semanas, disfruté de un inmerecido diez.
A partir de ese momento, mis actividades se redujeron bastante. En lugar de hacer, me limitaba a buscar gente idónea: mandaba a un jugador profesional para que gritara mis goles en la canchita de fútbol 5 los días miércoles, mandaba a tipos más altos que yo para que sedujeran a mis futuras novias que me parecieran inalcanzables, mandé de vacaciones a personas que conocieran más idiomas, para que pudieran entenderse mejor con los nativos.
El reemplazo obviamente era temporal. Una vez seducida la mujer que me interesaba, aparecía yo:
- Estás distinto - me decían en algunas ocasiones.
- No, es que tengo mucho trabajo y eso me tiene un poco distraído. Pero no te preocupes que soy el mismo de siempre.
- No, pero no es sólo eso. Vos no eras morocho.
- La luz - decía con rapidez -. La luz a veces confunde la percepción - y daba una explicación física que había aprendido y distorsionado en una enciclopedia Larousse.
El problema es que, poco a poco, mis reemplazos empezaron a rebelarse. Una tarde comprobé que un tipo más musculoso que yo se había fugado con mi amor platónico de toda la vida. Ricardo Darín, que debía decir en su primer casting que tenía mi nombre, se arrepintió a último momento y mostró su documento en lugar del mío y así me privó del éxito de La carpa del amor, que me correspondía a mí. Perdí, injustamente, un Oscar; ascensos en el trabajo; la participación en un mundial de fútbol y otro de basquet (a pesar de mi modesto metro setenta), simplemente porque mis suplentes decidieron ser ellos en lugar de ajustarse al plan.
Los reemplazantes cayeron en cuenta de que su situación era inmerecida. Ellos hacían los esfuerzos y otro se llevaba la gloria. Se asociaron, se convencieron y trazaron un plan de lucha. Todavía continúan imponiendo los estragos de su complot. Y están dispuestos a llevarse, no sólo lo que ellos creen que les pertenece, sino absolutamente todo. Quieren descuartizarme y robarse mi destino, pedazo a pedazo.
La traición de los reemplazantes no tiene límites. Incluso, debo confesarles, que éste que les escribe, no es Martín, sino uno de sus ignotos suplantadores.